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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

EL BEATO ÓSCAR ROMERO EN CUENCA

EL BEATO ÓSCAR ROMERO EN CUENCA

La peregrinación de las reliquias del Beato Óscar Romero, del 7 de octubre al 5 de noviembre, es motivo de alegría y bendición para nuestra Arquidiócesis de Cuenca. En este acontecimiento vemos la cercanía de Jesús, Buen Pastor, que no abandona su rebaño. Dios Padre misericordioso ve y escucha el dolor de los pobres, y por medio del Beato Romero, profeta y mártir por la vida, visita a su pueblo.
Las reliquias son pequeños signos que nos relacionan con Dios, quien habla y actúa a través de la vida de los santos, testigos de su amor. El Evangelio nos cuenta que cuando Jesús predicaba entre las multitudes, muchos se acercaban para tocar al menos la orla de su manto (Cf. Lc. 8,44). También narran los Hechos de los Apóstoles que los pañuelos y vestidos “que habían tocado el cuerpo de Pablo”, curaban a los enfermos (Hch. 19, 12). Las reliquias manifiestan además nuestra fe en la Resurrección, son sencillos y pobres vestigios, signos sensibles de nuestra futura transfiguración corporal.
La Iglesia siempre ha venerado a los santos, sus tumbas son centros de peregrinación, lugares de especial encuentro con el Señor. La veneración de sus despojos y vestimentas nos acercan a Dios y nos comprometen a imitar el ejemplo de estos grandes amigos de Jesús.

La reliquia de Monseñor Romero que visitará la arquidiócesis será la casulla que usó para celebrar la Misa, signo eminentemente sacerdotal. El Papa Francisco nos dice que esta vestimenta nos recuerda que “el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.
De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona, sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite... y amargo el corazón” (Homilía de la Misa Crismal 2013).
El mismo Dios que iluminó el corazón de nuestro Beato, sigue suscitando pastores que guían su rebaño con amor misericordioso, constructores de la paz con la fuerza del amor. Hombres que hacen realidad lo que celebran y en el humilde signo de su casulla abrazan y llevan sobre sus hombros las ovejas débiles y maltratadas, para presentarlas en el sacrificio eucarístico.

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