Con el signo penitencial de las cenizas en la cabeza, iniciamos la peregrinación anual de la santa Cuaresma, en la fe y en la esperanza. La Iglesia, madre y maestra, nos invita a preparar nuestros corazones y a abrirnos a la gracia de Dios para poder celebrar con gran alegría el triunfo pascual de Cristo, el Señor, sobre el pecado y la muerte… (Papa Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2025).
Este tiempo de Cuaresma, que nos prepara para la Semana Santa, lo celebramos en medio del Año Jubilar, que nos invita a caminar juntos como peregrinos de esperanza, llamados a la conversión.
Las procesiones penitenciales, con el rezo del viacrucis y portando imágenes que conmemoran los momentos de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, nos recuerdan que somos peregrinos, que todos estamos de paso por este mundo y que nuestra meta es la eternidad. Pero en este caminar no estamos solos: Dios camina con nosotros y nunca abandona a su pueblo. Él hace suyos nuestros dolores y padecimientos.
Pensemos en el camino que recorren tantos hermanos en busca de libertad y de un futuro mejor para sus hijos. Son millones de seres humanos que se ven obligados a migrar por la falta de trabajo y de libertad en sus países de origen, por la inseguridad y la violencia que arrebatan vidas inocentes. Son muchas las barreras que les impiden ser libres; deben enfrentarse a la marginación, al rechazo y a la xenofobia. Este es el viacrucis de los cristos de hoy.
Nosotros, ¿qué estamos haciendo ante esta realidad? ¿Nos conformamos con una fe de palabras, costumbres piadosas y buenos deseos, o nos ponemos en camino para liberarnos del pecado de la indiferencia y reparar con oración y acción solidaria?
Este viaje cuaresmal lo hacemos juntos, porque en la Iglesia somos una familia, no una corporación ni un partido político que toma posturas ideológicas según los tiempos. Si queremos caminar juntos, debemos buscar la unidad, que fácilmente rompemos cuando el egoísmo nos domina y solo vemos nuestra propia conveniencia. El engaño, el abuso y la manipulación de las conciencias generan desconfianza y rompen la unidad en la familia y en la sociedad. Caminar juntos significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de Dios (cf. Ga 3, 26-28); significa caminar codo a codo, sin dejar que nadie se quede atrás ni se sienta excluido.
El Año Santo nos recuerda que somos peregrinos de la esperanza. Jesús, nuestro amor y nuestra esperanza, ha resucitado, vive y reina gloriosa. La muerte ha sido transformada en victoria, y en esto radican la fe y la esperanza de los cristianos: en la resurrección de Cristo. Confiemos en Dios, que nos promete la vida eterna, perdona nuestros pecados y nos llama a perdonar a quienes nos han ofendido. La esperanza nos compromete a trabajar por la fraternidad, la justicia, el cuidado de la casa común y, sobre todo, a anunciar el Evangelio de la vida para que todos lleguen al conocimiento de la verdad.
Este es el itinerario cuaresmal que juntos debemos recorrer para llegar a la Pascua, al encuentro con Jesucristo, vencedor de la muerte. Que las actividades de Cuaresma y Semana Santa en nuestras comunidades sean testimonio de un pueblo que camina unido y lleno de esperanza en Aquel que jamás nos defrauda.


















































