Como cada dos años, nuestra Iglesia particular ha iniciado un nuevo caminar misionero, esta vez enfocado en el ámbito de la evangelización y la catequesis. La meta que nos proponemos es profundizar la fe consciente, madura y comprometida de los miembros de la Iglesia, con particular énfasis en las catequesis específicas (familiar, especial, adultos y jóvenes); mediante un renovado anuncio de la Buena Nueva, apoyada por las nuevas propuestas pedagógicas para hacer presente el Reino de Dios.
Hablar de catequesis, es anunciar el Evangelio. Es compartir la fe que hemos recibido de Dios, es hacer experiencia de fraternidad. “Ser catequista significa dar testimonio de la fe; ser coherente en la propia vida. Ser catequistas requiere amor, amor cada vez más intenso a Cristo, amor a su pueblo santo. Y este amor no se compra en las tiendas. Este amor viene de Dios, es un regalo de Él” (P. Francisco).
Gracias, hermanos catequistas, por el hermoso testimonio que ofrecen con su apostolado. Anunciar el Evangelio es el mejor servicio que la Iglesia puede realizar. Sepan que están siempre en los brazos de María y en las oraciones de sus pastores.
En este contexto, invito a todo el pueblo de Dios que peregrina en el Azuay, para dar inicio a los dos años de pastoral que estarán liderados por la Comisión Arquidiocesana de Catequesis y a la cual se vinculan todas las comisiones de pastoral. Nos acompañará la imagen del Santo Hermano Miguel, religioso cuencano y patrono de los catequistas, quien será entronizado en todos los templos parroquiales de la Arquidiócesis, para que guiados por su testimonio de amor a la Eucaristía y dedicación a la niñez y juventud, nos animemos a trabajar en la evangelización de la familia, acogiendo a todos, especialmente a los pequeños, con sencillez, cordialidad, amor y dedicación.
Lema de la acción apostólica y educativa del hermano Miguel fueron las palabras del Evangelio: “Quien recibe a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe” (Mc 9, 37). Vio en los niños la persona de Cristo. Estas palabras fueron para el Hermano Miguel una norma de vida, un apremio constante en su vocación de educador. Todos sus esfuerzos tuvieron como punto de mira la educación integral de las nuevas generaciones, movido por la convicción de que el tiempo dedicado a la formación religiosa y cultural de la juventud es de gran trascendencia para la vida de la Iglesia y de la sociedad.
En su vida no se dejó dominar por la vanidad ni el orgullo. No se sintió privilegiado. Siempre fue servidor de todos. Era consciente de que “Dios ha escogido la necedad del mundo para confundir a los sabios” (1 Cor 1, 27).
Los invito, de ahora en adelante, a celebrar con especial entusiasmo y devoción la fiesta litúrgica del Hermano Miguel, cada 9 de febrero, en todas las parroquias y comunidades del Azuay. Todos nos comprometemos a trabajar para que en nuestras comunidades sea conocida la vida y obras del Hermano Miguel, para acoger su testimonio cristino e invocarlo como amigo e intercesor.


















































