Hemo vivido una semana intensa, llena de momentos de reflexión, oración, testimonios y adoración en torno a Jesús Sacramentado.
Lo importante de un Congreso como el que celebramos en Quito del 8 al 15 de septiembre es hacer una experiencia de Iglesia del Vaticano II alrededor de la Eucaristía. El Congreso nos enseña a entender la importancia de la Eucaristía en toda la vida de la Iglesia. Fue una experiencia de fraternidad a la luz de Jesucristo, presente en el Santísimo Sacramento.
El Congreso fue la culminación de un largo camino de preparación, en el que utilizamos el llamado Documento Base. El contexto de este Congreso Eucarístico expresó la urgencia de fraternidad para sanar el mundo. Ayer como hoy, Dios no ha sido sordo ni indiferente al sufrimiento de la humanidad. En la plenitud de los tiempos Dios Padre nos ha donado a su Hijo, Jesucristo, Verbo encarnado que se ofreció hasta la cruz por nuestra redención. Cristo es el pan de Dios que nos hermana y reconcilia para que todo aquel que camina con nosotros deje de ser un extraño en el camino, sea reconocido como prójimo y compañero de viaje. Y, desde la tienda de la Eucaristía, desde la ofrenda de la vida para que otros tengan vida, desde el perdón de los verdugos en el lugar mismo de su violencia, la presencia del Señor engendra comunidades cristianas donde se aprende una y otra vez a hacer del diálogo, la reconciliación y la paz, el camino de la sanación de este mundo herido por el odio, la enemistad y el egoísmo.
El acontecimiento que acabamos de vivir no fue un Congreso clerical, pues participaron todos: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos. La presencia del laicado, sobre todo de la mujer, fue muy llamativa. Sus testimonios de vida familiar, social, laboral y misionera fueron los que más tocaron el corazón de los asistentes, descubriendo así que la Eucaristía nos lleva siempre al encuentro con el hermano.
Entre las actividades del Congreso se realizó la visita de los obispos de 57 países a las parroquias eclesiásticas de Quito. De esta manera el Congreso llegó al pueblo, a la gente sencilla de los barrios periféricos. Las comunidades acogieron con alegría a los pastores, esperando de ellos una palabra de aliento en medio de la difícil situación social que vive el país. Solo la fraternidad puede sanar las grandes heridas del mundo.
A los participantes extranjeros les impresionó la personalidad muy positiva de los ecuatorianos: gentiles, acogedores y cercanos. Demostramos una vez más que somos un pueblo de paz, que amamos la vida y despreciamos la guerra. También se destacó la piedad popular de nuestra gente: la consagración al Corazón de Jesús, la adoración eucarística y la devoción a María. La piedad del pueblo es un claro ejemplo de sinodalidad, pues, los hermanos caminan juntos y demuestran su solidaridad, guiados por la luz de la fe.
Entre los compromisos adquiridos se anunció la instalación de comedores populares en las jurisdicciones eclesiásticas del país para atender a ancianos, niños y familias necesitadas. También se mencionó la organización de lugares de adoración perpetua con la participación activa de los laicos. En nuestra Arquidiócesis de Cuenca, desde hace varios años, funcionan comedores de este tipo en algunas parroquias. Esperamos que, como fruto del Congreso Eucarístico, sigan incrementándose espacios de acogida y servicio en nuestra Iglesia.


















































