Uno de los personajes más queridos por nuestro pueblo cuencano es el Padre Carlos Crespi, sacerdote salesiano, hombre pobre y sencillo, siempre al servicio de los más necesitados. Su proceso de canonización está en marcha, la gente lo invoca y recuerda su testimonio con mucha gratitud y admiración, esperando verlo pronto en los altares, como el Apóstol de los pobres.
De la vida del P. Crespi emerge la figura de un salesiano en camino de santidad. Es la vida de un hombre de Dios que buscó vivir a plenitud el proyecto apostólico de Don Bosco en el servicio a los pobres. Llama la atención la multifacética personalidad del P. Crespi, hombre de ciencia y cultura, misionero, educador, apóstol de los pobres y sacerdote entregado a la Eucaristía y al confesonario. La genialidad del P. Crespi no se reduce solamente a su formación científica, sino, sobre todo, se expresa en los horizontes apostólicos que logró vislumbrar para el desarrollo moral y social de los pueblos a los que sirvió. Por supuesto que estuvo condicionado por el contexto histórico y por las concepciones teológicas, eclesiales y pastorales de la época; pero el celo apostólico y la fidelidad a la propia vocación son excepcionales.
En el P. Crespi podemos descubrir al religioso ejemplar, al audaz misionero, al apóstol de la entrega absoluta a la causa del evangelio, al salesiano creativo, de iniciativa, coraje, audacia y de amplia visión; al religioso fiel en su entrega a los más pobres... El P. Crespi vivió un proceso espiritual que sale a la luz en la biografía y en sus cartas: pasó de las preocupaciones científicas y culturales a morir al pie del confesonario. Confesaba desde el amanecer hasta el anochecer desde 1973 hasta que murió en 1982 (Comisión Pro-Beatificación del P. Crespi, Breves datos biográficos, 2024).
El Señor le confió anunciar el Evangelio con su palabra y el ejemplo de una vida santa. Tuvo siempre presente que la evangelización es lo que convoca y congrega al pueblo de Dios. Los sacerdotes son ministros de la Palabra en sus múltiples formas según las necesidades de los destinatarios de la misma, para suscitar y madurar la fe. Son ministros de la Eucaristía, Pan de vida eterna.
En nuestro tiempo se repite con frecuencia que hay crisis de vocaciones, y el Concilio Vaticano II recuerda que el fomento y promoción de las vocaciones sacerdotales es responsabilidad y tarea de toda la comunidad eclesial (OT 2). Leyendo la vida y obras del P. Crespi, descubrimos que las vocaciones son un don de Dios a su pueblo, que de hecho las necesita vitalmente; de ahí la oración al Dueño de la mies para que nos envíe pastores según su corazón.
Demos gracias a Dios porque confía su misión pastoral a hombres sacados del pueblo, como el P. Carlos Crespi, para transmitir su Palabra, administrar los sacramentos y presidir la comunidad de fe, sirviendo a sus hermanos con amor y entrega generosa.


















































