El sábado 28 de abril celebramos el 5° Encuentro Arquidiocesano de Monaguillos, con la participación de unos 700 niños y adolescentes, que colaboran como acólitos en nuestras iglesias parroquiales y capillas. Ellos, sirviendo al altar, demuestran su fe, el amor a Jesús y su espíritu de servicio a la comunidad. Realizamos este Encuentro como preparación a la Primera Jornada Mundial de Niños, convocada por el Papa Francisco para finales de mayo.
En la catequesis que los seminaristas ofrecieron a los pequeños, les recordaron que los niños son valiosos a los ojos de Dios. Son hijos de un Padre que los ama con ternura y los conoce a todos. Todo niño es importante y es una bendición para su familia.
Todos somos hijos y hermanos, y nadie puede existir sin sus padres. No podemos madurar sin tener otras personas para amar y sentirnos amados. El reconocimiento de la paternidad de Dios nos lleva a descubrir la fraternidad entre nosotros, la importancia de la familia, la enseñanza de nuestros padres, abuelos y de los verdaderos amigos.
Hoy muchos niños luchan contra enfermedades y dificultades en el hospital o en casa. Son víctimas de la guerra y la violencia, pasan hambre y sed, viven en la calle, son obligados a ser soldados o a huir como refugiados, separados de sus padres, no pueden ir a la escuela, son víctimas de bandas criminales, de las drogas o de otras formas de esclavitud y de abusos. Son niños a los que se les roba la infancia cruelmente.
Los monaguillos escucharon que, para cambiar el mundo, no es suficiente que estemos unidos entre nosotros, es necesaria la unidad con Jesús. Él nos da valor, siempre está a nuestro lado, su Espíritu nos acompaña en los caminos del mundo. Con Jesús podemos soñar una humanidad nueva, tener un mundo más fraterno y cuidar nuestra casa común, comenzando por las cosas sencillas, como saludar a los demás, pedir permiso, pedir disculpas, decir gracias.
La enseñanza dedicada a los niños vale también para nosotros, los adultos. No podemos llegar a ser felices en solitario, porque la felicidad crece cuando se comparte; nace si somos agradecidos por los dones que hemos recibido y que compartimos con los otros. Si lo que hemos recibido sólo lo guardamos para nosotros, en realidad nos olvidamos de que el don más grande somos nosotros mismos, los unos para los otros; nosotros somos el “regalo de Dios”.
Para ser felices es necesario rezar todos los días, porque la oración nos conecta directamente con Dios, nos llena el corazón de luz y de calor, nos ayuda a hacer todo con confianza y serenidad. También Jesús rezaba siempre y se dirigía al Padre con mucho amor. Llamémoslo así también nosotros, rezando el Padrenuestro, y lo sentiremos siempre cercano.
Pensemos en las palabras que Jesús nos ha enseñado. Él nos llama y desea que seamos constructores de un mundo nuevo, más humano, justo y pacífico. Dios nos ama desde siempre (cf. Jr. 1,5), y tiene para nosotros la mirada del papá más amoroso y de la mamá más tierna. Nunca se olvida de nosotros (Cf. Carta del Papa a los niños, 2024).


















































