Llamados a sembrar la esperanza y a construir la paz.
“Cada año la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos invita a considerar el precioso don de la llamada que el Señor nos dirige a cada uno de nosotros, su pueblo fiel en camino, para que podamos ser partícipes de su proyecto de amor y encarnar la belleza del Evangelio en los diversos estados de vida. Escuchar la llamada divina, lejos de ser un deber impuesto desde afuera, incluso en nombre de un ideal religioso, es, en cambio, el modo más seguro que tenemos para alimentar el deseo de felicidad que llevamos dentro. Nuestra vida se realiza y llega a su plenitud cuando descubrimos quiénes somos, cuáles son nuestras cualidades, en qué ámbitos podemos hacerlas fructificar, qué camino podemos recorrer para convertirnos en signos e instrumentos de amor, de acogida, de belleza y de paz, en los contextos donde cada uno vive” (Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2024).
Llamados a sembrar la esperanza y a construir la paz, así se titula el mensaje que la Iglesia este año nos entrega con ocasión de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Son palabras que nos recuerdan la llamada del Señor a todos sus hijos a ser portadores de su amor en el mundo entero, viviendo en el Evangelio en nuestra vida ordinaria como sacerdotes, consagrados o formando una familia cristiana. Solamente seremos felices si escuchamos el llamado de Dios que resuena en lo profundo del corazón.
Recordemos en esta Jornada a todos aquellos que han acogido la llamada de Dios y se han comprometido con amor y fidelidad como padres y madres de familia, abiertos al don de la vida, responsables ante los hijos, velando por su educación y crecimiento. Pensemos en los que trabajan por la paz y entregan su vida para construir un mundo más justo y una sociedad más humana. No olvidemos a los consagrados que en la oración y en las acciones apostólicas se ponen al servicio de sus hermanos.
Tengamos presente a los sacerdotes que dedican su vida a la evangelización, se ofrecen en cada Eucaristía y dan testimonio de fidelidad. El pastor de la comunidad, siguiendo las huellas de Jesús, se caracteriza por tener una fe profunda y madura. Una fe que crece con la oración de cada día, cuando se encuentra personalmente con el Señor en la Misa. El sacerdote pastor es profeta que anuncia, denuncia, sirve y une a la comunidad cristiana. Al sacerdote se le pide que sea fiel a la misión encomendada y que viva con transparencia su ministerio. Necesitamos presbíteros pobres y sencillos, cercanos, misericordiosos, dispuestos a perdonar antes que a condenar. Sacerdotes que den testimonio de comunión y fraternidad, hombres que consideren sagrada la honra y la dignidad de sus hermanos.
Ante estos ejemplos positivos, que nos alegran, demos gracias a Dios y también a todos los que escuchan su llamada y trabajan por un mundo mejor. Dejémonos, como ellos, fascinar por Jesús, leamos el Evangelio en actitud orante para encontrar la felicidad en la entrega total a Él.


















































