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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

A Dios no lo podemos engañar, al pueblo sencillo tampoco.

A Dios no lo podemos engañar, al pueblo sencillo tampoco.

A pesar de todo lo que habían visto, aún algunos discípulos no creían en Jesús, les costaba aceptar la radicalidad del Evangelio: el perdón, el amor a todos, la entrega generosa.
No solo se declara luz, guía y camino para sus discípulos, también dice: “Ustedes son la luz de mundo, alumbren con sus buenas obras” (Cf. (Jn.12,46), no con la vanidad o con una gran elocuencia. A Dios no lo podemos engañar, al pueblo sencillo tampoco, porque fácilmente descubre quienes dicen mentiras y manipulan, quienes son luz o tinieblas.
Creer en Cristo resucitado es más que una declaración externa, es más que un acto esporádico de piedad; es unirse a su persona, es entregarse y confiar totalmente en Dios. Quien cree que Cristo es luz del mundo, predica el Evangelio y no se predica a sí mismo, es fiel a la misión de servicio a todos sin esperar recompensa.
Las enseñanzas del Señor son para todos, no solo para los sacerdotes y las monjitas de claustro, están dirigidas a todo servidor del pueblo. Por eso, ser un servidor público es sinónimo de honestidad y no de corrupción.
El Papa Francisco nos decía en la Jornada Mundial de la Juventud de Panamá (enero 2019) que “nuestro pueblo exige a quienes gobiernan, llevar una vida conforme a la dignidad y autoridad que revisten y que les ha sido confiada”. Es una invitación a vivir con austeridad y transparencia, en la responsabilidad concreta por los demás y por el mundo; llevar una vida que demuestre que el servicio público es sinónimo de honestidad y justicia, y antónimo de cualquier forma de corrupción.
Los jóvenes de hoy reclaman de todos, “comenzando por quienes nos llamamos cristianos”, “la osadía de construir una política auténticamente humana que ponga a la persona en el centro como corazón de todo”. Tenemos que crear una cultura de mayor transparencia entre todos para crear un clima de verdadera confianza y fraternidad.
Es imposible pensar el futuro de un país sin la participación activa –y no solo nominal– de cada uno de sus ciudadanos. Todos tenemos derechos y deberes que cumplir, así demostramos el verdadero amor. Trabajemos para que la dignidad de todos se vea reconocida y garantizada, sobre todo la de los más pobres. No podemos conformarnos con la realidad social actual, llena de violencia, miseria, corrupción e injusticia. Otro mundo es posible, los niños y los jóvenes nos invitan a involucrarnos en su construcción para que los sueños no sean fugaces, para que impulsemos un diálogo nacional en el que todos puedan tener la oportunidad de soñar con un mañana mejor, donde se respete el derecho a la vida, al trabajo digno, a formar una familia estable, a la educación para todos, a la seguridad, para vivir como verdaderos hermanos y amigos y no como enemigos, desconfiando unos de otros.
Necesitamos una nueva forma de hacer política que, más allá de intereses particulares, busque el bien común y promueva un gran pacto nacional al servicio de los ciudadanos. Comprometámonos todos a trabajar con honestidad para erradicar la corrupción. Que la reciente visita de la Dolorosa del Colegio, en cuyo rostro se refleja el dolor de muchas mujeres marginadas, niños, ancianos y enfermos, nos ayude a caminar juntos.

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