“Cuando se dice que algo tiene espíritu, esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. Una evangelización con Espíritu es diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos. ¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora” (EG. 261).
Son evangelizadores alegres aquellos que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo; son esos que ya no cuentan con sus propias planificaciones, métodos y recursos, sino que comprenden que esto va más allá de ellos mismos. Un evangelizador con Espíritu no es simplemente un funcionario voluntario de la Iglesia que cumple las tareas que le son asignadas como una carga o una responsabilidad. Más bien, arde en su corazón el fuego del Espíritu y no puede contener su fuerza, que lo mueve a comunicar la buena noticia (Cf. S. Campos, Evangelizadores con Espíritu, 2017).
Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas propuestas parciales y desintegradoras solo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio. Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad.
Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración. Es motivo de alegría y esperanza constatar que se multiplican en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía (cf. EG. 262).
Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco está en relación con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación. El verdadero misionero es motivado por el encuentro personal con Jesús. Siempre es una experiencia personal de encuentro con el Resucitado. “La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido” (EG. 264). Necesitamos pedir todos los días al Señor que nos mantenga unidos a Él, disponibles para dejarnos conquistar por su amor, para compartirlo con los demás.


















































