En 1891 el Papa León XIII promulgó la encíclica Rerum Novarum. Es el primer documento oficial sobre la Doctrina Social de la Iglesia y fue redactado para responder a la crisis social y laboral provocada por la Revolución Industrial. Este documento condenaba tanto los abusos del capitalismo liberal como las ilusiones del socialismo de la época. Constituye una piedra fundamental en la historia de la Doctrina Social de la Iglesia.
Ante la revolución tecnológica contemporánea, la Iglesia, a la luz del Evangelio, nos ofrece criterios fundamentales sobre la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. El cambio sociocultural que la humanidad está experimentando es la clave para adentrarnos en la lectura de la primera encíclica del Papa León XIV, denominada Magnifica Humanitas, que comienza afirmando que: “El poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo” (4). Es un llamado a custodiar una magnífica humanidad habitada por Dios, promoviendo la verdad, la dignidad del trabajo, la justicia social y la paz. En la era digital, es necesario desarmar la inteligencia artificial y superar la teoría de la guerra justa, relanzando el diálogo entre todos.
El Santo Padre nos recuerda que la persona humana está en el centro de todo progreso tecnológico. El enorme desafío de nuestro tiempo no es técnico, sino humano y espiritual. León XIV advierte que la humanidad se encuentra ante una elección decisiva: construir una nueva Babel tecnológica deshumanizada y sin Dios o reconstruir la Jerusalén con Dios, desde la comunidad, desde la justicia y la fraternidad. Todos los cambios que vive la humanidad hay que analizarlos según el Evangelio, especialmente los cambios tecnológicos, que a lo largo de la historia han servido para mejorar la calidad de vida humana.
El Papa afirma que “la Doctrina Social de la Iglesia es un patrimonio de sabiduría, en el que encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar. Se fundamenta en la Sagrada Escritura y en la Tradición y, en diálogo con las ciencias, nos ayuda a leer con lucidez los desafíos del presente, identificando caminos adecuados para vivir un testimonio cristiano límpido, con alegría y al servicio del mundo. No es un conjunto estático de conceptos, sino un corpus vivo de verdades, que custodia e interpreta la vocación de la humanidad a una vida plena y justa” (3).
El desarrollo tecnológico, y la inteligencia artificial a la cabeza, son producto de la inteligencia humana; no están por encima del hombre y de su dignidad. “En la era de la inteligencia artificial, la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización. Tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo. Ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor. “El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa” (15).
La civilización del amor es la respuesta a un mundo sin Dios y sin corazón ante los padecimientos humanos, que usa la tecnología para destruir y no para edificar una sociedad más justa y solidaria.


















































