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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

Vivir el mandamiento del amor no es fácil, sin Dios.

Vivir el mandamiento del amor no es fácil, sin Dios.

“Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen” (Jn 10,14). Hoy, más que nunca, es necesario recordar esta afirmación del Señor, porque son tantas las voces que pretenden confundirnos y apartarnos del verdadero Pastor: Voces contra la persona de Cristo, que niegan su existencia o lo presentan como un hombre importante, dirigente político, filósofo o agitador social, pero no como nuestro Dios y Señor, único Salvador y Redentor. Voces contra la Iglesia, que buscan apartarnos de la fe que recibimos en el bautismo, de la santa Misa y los sacramentos. Voces que atentan contra la vida y la dignidad de la persona, promoviendo leyes a favor del aborto y la anticoncepción. Voces que engañan a nuestros niños y jóvenes, ofreciéndoles una vida fácil, llena de vicios y esclavitudes.

Escuchemos la voz del Pastor, de ella nace y se alimenta nuestra fe. Solo el que está atento a la voz del Señor es capaz de valorar en su propia conciencia las decisiones justas para actuar según Dios.

En este mundo, caracterizado por el odio y la violencia, nos dice: “Ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn. 15-12). Los preceptos del Señor se resumen en uno solo: el Mandamiento Nuevo del amor. Este es el signo distintivo del cristiano, no los grandes discursos para impresionar a los pobres, los signos religiosos externos o los ritos realizados por mera costumbre u ostentación. Las palabras “como yo los he amado” dan al precepto un sentido y un contenido nuevos: la medida del amor cristiano no está, pues, en el corazón del hombre, siempre limitado, sino en el corazón de Cristo.

Vivir el mandamiento del amor no es fácil, pero contamos con la gracia y el auxilio de Dios. Solo con los ojos de la fe lograremos ver al prójimo sin prejuicios y descubriremos que cada vez que hacemos algo a nuestro hermano lo estamos haciendo al mismo Cristo.

Con nuestras obras de caridad, sobre todo con la paciencia y ejemplo de fe cristiana, debemos acercar a las personas a Cristo. Son tantos los amigos y familiares que esperan de nosotros un buen consejo, afecto, un poco de nuestro tiempo o una oración por sus necesidades. No olvidemos que ser cristiano es sacar de nuestro corazón el amor que Dios sembró y repartirlo generosamente a los hermanos, empezando por los de casa.
Debemos vivir nuestra fe al estilo del Buen Samaritano, como nos lo recuerda el Papa Francisco: con paciencia, con humildad, con misericordia, con ternura, con bondad, reconociendo en los humildes y en los humillados, en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los niños, en los necesitados, en quienes viven en las periferias existenciales de la vida la carne de Cristo. Porque no sirven ni la pobreza teórica, ni las palabras, ni los planteamientos abstractos. La pobreza del Evangelio, la bienaventuranza del Evangelio, la sabiduría del Evangelio, se aprende tocando la carne de Cristo pobre en los humildes, en los pobres, en los enfermos, en los niños. Se aprende, se vive y se transmite siendo pastores con olor a oveja, siendo cristianos con aroma de humanidad, siendo fieles y creyentes con fragancia de fieles y de creyentes. Pastores, no lobos ni dueños, entre la grey y cristianos entre los hombres.

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