“Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn. 8, 32). Jesucristo refleja el significado íntimo de la libertad. Liberación significa transformación interior del hombre que es consecuencia del conocimiento de la verdad. La trasformación es un proceso de maduración integral en justicia, solidaridad, unidad e identidad. El principal obstáculo que ésta debe vencer es el egoísmo, la obsesión de creernos superiores, capaces de destruir la unidad, la paz y los deseos de superación de los demás.
En la celebración del Bicentenario de Cuenca necesitamos debatir proyectos históricos que apunten con realismo hacia una esperanza de vida más digna para nuestras familias y pueblos. Con la sabiduría que viene de Dios debemos detectar y discernir las más profundas inquietudes, preguntas y anhelos que están emergiendo desde las fibras íntimas de las personas, sus necesidades e ilusiones. “Todas estas preguntas, anhelos y esperanzas que nuestro pueblo lleva en su corazón, desde la matriz católica de su substrato cultural, y que expresa tanto en las diversas expresiones artísticas, literarias, poéticas cuanto, en la religiosidad popular, ahora emergen por doquier con singular fuerza provocadora” (G. C., Desafíos para la Iglesia, Conferencia a los Directores de Obras Misionales Pontificias de Latinoamérica, 2020).
Estamos llamados a escuchar con atención y respeto, a ver con los ojos de Jesús para dar respuesta adecuada a sus planteamientos. También necesitamos invertir mucha competencia e inteligencia, para ir proponiendo nuevas estrategias educativas, económicas y sociales, nuevos modelos de desarrollo integral, solidario y sustentable.
El documento citado sugiere que el aporte de la Iglesia, como parte de la sociedad, en este punto puede darse en algunos niveles:
- Le compete una gran tarea de reconciliación y democratización, promoviendo una cultura del encuentro, educando al método paciente del diálogo, interviniendo con su autoridad en negociaciones cuando sea necesario, apelando a grandes diálogos nacionales, para evitar quedarnos bloqueados en descalificaciones y en conflictos sociales exacerbados. La presencia y mediación de la Iglesia tiene que ser acompañada por la profecía de la inclusión, la paz y la justicia.
- Convocar, escuchar, acompañar y alentar la presencia de ciudadanos en todos los campos de la vida pública, coherentes con su fe, protagonistas en todos los caminos de reconstrucción que apunten a mayor justicia, pacificación, inclusión, equidad social y mejor cuidado de la casa común.
La celebración del Bicentenario de Independencia es un impulso a seguir caminando y mirar hacia adelante, pensando en las familias cuencanas, porque son el eje principal de una sociedad que no puede sostenerse sin fortalecer y apoyar el núcleo familiar. En los niños, porque son la alegría de los hogares y de su educación humana y cristiana depende el futuro de la sociedad. En los jóvenes, quienes son, como dice el Papa Francisco, el presente de nuestra sociedad, y no deben jubilar su existencia en el quietismo burocrático y la falta de oportunidades. En los adultos mayores, porque estamos llamados a valorar su experiencia y sacrificio, y a no descartarlos, como hace la sociedad de consumo.


















































