Pentecostés es la Fiesta que conmemora la venida del Espíritu Santo. La celebramos una semana después de la Fiesta de la Ascensión de Jesús. Con Pentecostés se inicia la misión de la Iglesia en el mundo. Los Apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, salen a anunciar la Buena Noticia, comparten con todos lo que han visto y oído, su experiencia con Jesucristo vivo.
Pronto se les unieron muchos hombres y mujeres, cautivados, no solo por una doctrina, sino por un estilo de vida diferente, que tiene como rasgos distintivos la vida comunitaria, la celebración litúrgica, especialmente la celebración eucarística, y el servicio generoso para el bien del mundo. Se sienten irresistiblemente atraídos por Jesús y comparten con generosidad lo que han recibido. Se convierten en un pueblo en salida por expreso mandato del Resucitado. El ejemplo de los apóstoles debería ser un reto para los cristianos del mundo actual, pues también debemos salir a cumplir este mandato de Jesús resucitado.
“Aquí descubrimos que la vida se alcanza y madura a medida que se entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión” (EG 10). Como los primeros cristianos, nosotros también tenemos la mirada puesta en Jesús, Él es nuestro único modelo a seguir. Conscientes de nuestra vocación, una llamada al amor que se entrega, dispuestos a vivir en comunión con los demás, nos ponemos a su servicio para colaborar en su misión.
En esta fiesta de Pentecostés, al celebrar nuestras vigilias y momentos de adoración en la parroquia, en el grupo de apostolado o en el seno de nuestras familias, nos comprometemos a ser discípulos misioneros. Como los primeros cristianos queremos transformar el mundo con el amor de Dios.
Pero no podemos hacerlo solo con nuestras fuerzas o la buena intención, es necesario poner al Señor en el centro de la propia existencia; nutrirse de la oración, la escucha de la Palabra de Dios y de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía; vivir en el amor y la fidelidad a la Iglesia; estar atentos a las necesidades de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres y excluidos, para convertirnos en misioneros de la misericordia, luchando por un mundo más justo y solidario; vivir la vocación al Amor, especialmente en la relación con familiares, amigos y compañeros; comprometerse con el cuidado y respeto de la creación; y no dejarnos robar la alegría ni la esperanza, pues hemos puesto plenamente la confianza en el Señor.
Demos testimonio de una Iglesia misionera, de puertas abiertas, que reconoce la variedad de carismas existentes en nuestros laicos, una Iglesia que sabe escuchar a todos y los impulsa a ser protagonistas en la tarea de la evangelización.


















































