“Recen por mí” “recemos por los pobres y necesitados” “No descartemos a los ancianos y enfermos”. Son palabras del Papa Francisco. En estas sencillas peticiones está concentrada toda su espiritualidad, su cercanía con Dios y con el pueblo, su corazón de pastor. Es muy consciente que sin la gracia Dios nada es posible y que al pastor no le puede faltar nunca la plegaria de su pueblo. Sin oración toda acción deja de tener sentido pastoral y el sacerdote termina convirtiéndose en funcionario, en un intermediario, que no se compromete en el trabajo y vive siempre quejándose, porque se siente insatisfecho: le falta la cercanía con Jesús.
“En todos los documentos e intervenciones del Papa aparecen algunas palabras clave que expresan las características de su pontificado: alegría, misericordia y misión” (Card. Pietro Parolín, Secretario de Estado).
El documento programático del Papa Bergoglio se titula precisamente Evagelii Gaudium, y otros de su misma autoría, Amoris Laetitia y Laudato Si, también hacen referencia a la alegría cristiana. Por lo tanto, la característica fundamental de este pontificado es la alegría, que no nace, de la razón, sino de saberse amado por el Señor, nos recuerda el Secretario de Estado.
Muchas veces en nuestra vida nos dejamos vencer por la melancolía, nos invade la tristeza y no pocas veces terminamos desesperados. Nos falta confianza en el Señor. Solo Él nos llena de alegría en medio de la tribulación. No podemos hablar de Jesús con “cara de vinagre”, como Dice Francisco. Para evangelizar, la Iglesia, en sus miembros, tiene que mostrar al mundo el rostro joven y alegre de Jesús, un semblante cercano, acogedor. “La Iglesia crece no por proselitismo, sino por atracción” (Doc. Aparecida). Y esta atracción viene del testimonio alegre de aquellos que anuncian la Buena Nueva.
La otra directriz de su pontificado es la misericordia. Misericordia es la actitud divina que abraza, es la entrega de Dios que acoge, que se presta a perdonar. El Señor jamás se cansa de perdonarnos. Somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón. “El Señor es misericordioso: esta palabra evoca una actitud de ternura como la de una madre con su hijo. Dios se conmueve y se enternece por nosotros como una madre cuando toma en brazos a su niño, deseosa sólo de amar, proteger, ayudar, lista a donar todo, incluso a sí misma” (Papa Francisco). Estamos llamados a descubrir el rostro de una Iglesia que no reprocha a los hombres, sino que los cura, con la medicina de la misericordia. Debemos reconocer nuestros propios errores antes de afirmar que son los demás quienes se equivocan. Una actitud siempre dispuesta a condenar, incapaz de acoger, no es la de Jesucristo, es la del fariseo.
La tercera línea del pontificado de Francisco es la evangelización de una Iglesia en salida que debe llevar la Buena Noticia a todas las criaturas. Anunciarla a las periferias existenciales es nuestro gran desafío. Con la fuerza del Espíritu Santo debemos poner en práctica planes y proyectos pastorales que respondan a las necesidades del mundo de hoy, sumido en una terrible crisis debido a la pandemia de la indiferencia y el egoísmo.


















































