Confesamos que la Iglesia es católica, es decir universal, llamada a anunciar el Evangelio a todos los pueblos y naciones. El anuncio del amor de Dios no es proselitismo, ni es una especie de campaña esporádica para reclutar miembros de un gremio o asociación, es misión permanente. El anuncio de la Buena Noticia se difunde con la santidad de vida y las buenas obras.
Cumplir con el mandato del Señor: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio” no es algo secundario para un cristiano, es nuestra vocación. “La Iglesia existe para evangelizar, debe caminar por el mismo camino de Cristo, el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio y de la inmolación de sí mismo” (Papa Francisco).
Después de 2000 años de fe, no podemos creer que la misión se ha cumplido en su totalidad, aún queda mucho por hacer. Por eso es necesario renovar nuestro espíritu misionero. No olvidemos que la fe se fortalece compartiéndola con entusiasmo y generosidad.
El Papa Francisco, al convocar un tiempo extraordinario de oración y reflexión sobre la misión ad gentes en este mes de octubre, espera que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de la conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Nos pide el Santo Padre que confiemos en Dios y no tengamos miedo de realizar una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda la estructura eclesial se conviertan en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual. La conversión pastoral exige que todas las estructuras se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria -en todas sus instancias- sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida. Pastoral ordinaria es la catequesis parroquial, la pastoral familiar, los grupos laicales, la pastoral con jóvenes, enfermos y ancianos, la pastoral social y otros espacios de evangelización.
Según nos pide el Santo Padre, todos los agentes de pastoral deben tener espíritu misionero: catequistas, profesores, animadores de jóvenes y de familias, dirigentes de movimientos laicales, ministros laicos de la Palabra y de la Eucaristía, entre otros. No olvidemos que la conversión misionera debe comenzar por los pastores y miembros de la vida consagrada, dejando a un lado la pastoral del mantenimiento para salir al encuentro de los hermanos más alejados.
Debemos, entonces, ser misioneros todos los días, buscando una sincera conversión de vida, escuchando la voz de Dios y la de los que tienen sed de verdad y de justicia, trabajando con amor y espíritu de servicio, procurando ser muy valientes y claros en el anuncio explícito del Evangelio.


















































