Se ha terminado ya el mes de junio, han transcurrido los seis primeros meses del año, donde se clebraron importantes fiestas religiosas, con la participación de miles de feligreses y público en general.
Sin embargo, les invito a meditar sobre las características de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que tiene una importancia especial en nuestro país y que celebramos a finales del mes de junio. La finalidad de esta solemnidad es doble: acción de gracias por las maravillas del amor que Dios nos tiene y de reparación, porque frecuentemente este amor es mal correspondido.
Hablar del Corazón de Jesús es contemplar el amor de Dios. Hoy resuenan en nuestro interior las palabras que Jesús dirigió a Santa Margarita María de Alacoque: “Mira este corazón que tanto ha amado a los hombres; y en reconocimiento, yo no recibo de la mayor parte sino ingratitudes por sus irreverencias y sacrilegios y por las frialdades y desprecios que tienen hacia Mí en este sacramento de amor”. Estas palabras cuestionan nuestra vida cristiana cómoda y nos llevan a pensar seriamente en nuestra correspondencia al amor de Dios. Por eso debemos preguntarnos: ¿Cómo tratamos a Jesús presente en la Eucaristía? ¿Acudimos a la Comunión con buena disposición, en estado de gracia, con devoción y respeto? ¿Descubrimos la presencia real de Jesús en el prójimo, sobre todo en los más necesitados? ¿Somos misericordiosos con los demás, así como Jesús es misericordioso con nosotros? Las respuestas a estos y otros interrogantes nos deberían llevar a una profunda reflexión personal. Y después, lo correcto sería buscar el camino que nos conduzca a la conversión.
¡El corazón de Dios se estremece de compasión! En la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús la Iglesia presenta a nuestra contemplación este misterio, el misterio del corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso, que en diversos pasajes de las sagradas escrituras y de manera particular en el Nuevo Testamento, se nos revela como inconmensurable pasión de Dios por el hombre. No se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo del pueblo que se ha escogido; más aún, con infinita misericordia envía al mundo a su Hijo unigénito para que cargue sobre sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la muerte, restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado.
De manera particular durante el mes de junio, hemos aprovechado el tiempo para acercarnos más a Jesús presente en el Santísimo Sacramento. Hemos asistido con mucha fe y devoción al septenario para depositar ante el altar de Jesús nuestros problemas y dificultades y también para renovarle nuestro compromiso de ser sus discípulos y de manifestar nuestra fe a través de nuestras obras. Por ello, es bueno que también le demos gracias por su inmenso amor y renovemos nuestra consagración personal y comunitaria a su Divino Corazón.


















































