En la Misa del 4 de mayo, con motivo de la celebración de los 250 años de creación de la Diócesis de Cuenca, Mons. Andrés Carrascosa, Nuncio Apostólico en Ecuador, nos recordó que nuestra devoción a la Virgen María, si es auténtica, tiene que llevarnos a poner en práctica lo que nos dice nuestra Madre. Sin compromiso cristiano las devociones son estériles, quedan solo en la emoción de momento y no fortalecen la fe. El hijo que ama hace lo que a su madre le agrada, así de sencillo.
Después de la visita de la imagen de la Virgen de El Cisne, tenemos que cuestionarnos qué tipo de devoción profesamos. Si es verdadera, tiene que llevarnos al amor, y éste se demuestra con la imitación de sus virtudes y las obras de misericordia.
En la Exhortación Apostólica Marialis Cultus, dedicada para la recta ordenación y desarrollo del culto a María, San Pablo VI subraya que “la santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a imitarla”. Menciona además la Virtudes sólidas de María: la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios, la obediencia generosa; la humildad sencilla; la caridad solícita; la sabiduría reflexiva; la fortaleza en el destierro, en el dolor; la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz; la delicadeza provisoria; la pureza virginal; el fuerte y casto amor esponsal. De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos, que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen.
La Virgen nos mira siempre con amor maternal, por eso atiende las súplicas de los pastores que piden por su grey para que la proteja de tantos males que hoy acechan a la humanidad. Escucha las angustias de los padres de familia que se sienten atormentados por la difícil situación moral, social y económica que amenaza la estabilidad y unidad familiar. Acepta los deseos de paz de los gobernantes que buscan servir con honradez al pueblo y quieren desterrar para siempre la corrupción y la explotación de los pobres. A ella volvemos nuestra mirada y le suplicamos que cuide la fe de los discípulos de su Hijo, para lograr una regeneración espiritual de la Iglesia, comenzando por la fidelidad de los sacerdotes. Cómo no pedirle también por las vocaciones sacerdotales, que tanta falta nos hacen, pastores con los sentimientos del corazón de Cristo, que no vino a ser servido, sino a servir y entregar su vida por todos. Y como las vocaciones salen de las familias, no podemos dejar de implorar a María por nuestros hogares, para que vivan la fe recibida, mediten la Palabra de Dios y vuelvan a rezar el Rosario, oración que tantas bendiciones nos ha conseguido.


















































