Al ver hoy tanto mal en el mundo, como la muerte de los inocentes en el vientre de sus madres, el maltrato y la violencia contra la mujer, la injusticia, el crimen y destrucción de la vida de muchos jóvenes a causa de las drogas, experimentamos la fuerza destructiva del pecado social y también del pecado personal que nos esclaviza y aparta de Dios.
“Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas -y también hacia nosotros mismos-, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro” (P. Francisco, Mensaje de Cuaresma 2019).
Al romper nuestra comunión con Dios, dañamos también la armoniosa relación con nuestro prójimo y con el medio ambiente. Las familias se destruyen ante la dolorosa realidad de la infidelidad, perdemos una excelente amistad por falta de sinceridad y transparencia, por unas cuantas monedas vendemos a nuestro hermano o caemos en el escándalo de la corrupción. Todo es consecuencia de nuestro rechazo a Dios.
La apostasía abierta o camuflada está de moda. Algunos, llenos de soberbia, rechazan a Dios por un acto formal y lo vociferan a pleno pulmón; otros no lo dicen, pero su corazón está lejos de Él porque no lo invocan ni lo respetan. Nosotros creemos estar libres de este flagelo, pero hace tiempo que dejamos de luchar contra nuestros vicios, llevamos una religión de ritos y apariencia, terminando en el tremendo pecado de la hipocresía, siempre condenado por Jesús. Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés.
Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. Entonces, tiene sentido hablar en nuestro tiempo de pecado, perdón, arrepentimiento y conversión. Que estos días de penitencia cuaresmal nos sirvan para hacer un buen examen de conciencia y descubrir que no todo va bien, que tenemos mucho por corregir y arrepentirnos. Así acudiremos con sinceridad al sacramento de la confesión, reconociendo que la única medicina que puede curarnos del poder destructivo del pecado es la misericordia de Dios.


















































