Hemos comenzado el año invocando a la Virgen María, como Madre de Dios y Madre de la Iglesia. La fiesta del 1 de enero es la más importante celebración mariana del calendario litúrgico. Contemplamos a nuestra Madre con Jesús en brazos, presentándolo como nuestro salvador.
Esta tierna escena nos invita a dejarnos mirar por nuestra Madre. Ella siempre nos ve con ojos de misericordia, con el amor que la mejor de las madres entrega a sus hijos. Es una invitación a confiar en María y a dejarnos conducir por ella al encuentro con Jesús, presente en la Iglesia y en los hermanos que este año encontraremos en el camino de la vida.
También descubrimos que María deposita a Jesús en nuestros brazos para que, como ella, lo presentemos al mundo. Nos lo entrega porque confía en nosotros y espera que sin mezquindades sea compartido como Pan de vida para todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
María, con su ejemplo, nos dice como hemos de cumplir nuestra misión, haciendo de Jesús el centro de nuestra existencia, sin la pretensión de convertirlo en objeto para promocionarnos. En las pasadas fiestas navideñas, en el Pase del Niño Viajero, llamó la atención de la ciudadanía la presencia de algunos políticos que se postulan como candidatos para las próximas elecciones, encabezando la procesión y turnándose para llevar la sagrada imagen del Niño Jesús. No soy juez para juzgar las intenciones de los hermanos, pero una manifestación de piedad popular tan importante y querida por nuestra gente, no puede ser manipulada por nadie para obtener fines ajenos a la evangelización. Actuar en un acto sagrado, sin tener como prioridad hacer de Jesús el gran protagonista, es desvirtuar lo sagrado y ofender gravemente a Aquél que se ha puesto en nuestras manos como luz y signo de auténtica liberación. Quienes deseen participar en estas manifestaciones de fe, deben hacerlo uniéndose al pueblo, compartiendo la sencillez y alegría de los pobres, sin protagonismos. ¡Que se luzca solo Jesús!
Cuántas veces hemos perseguido los destellos seductores del poder y del protagonismo, convencidos de que estamos haciendo un buen servicio a la Iglesia y a la sociedad, pero en realidad encendimos las luces en el lado equivocado y en vez de crecer y ganar simpatía, disminuimos. Jesús es la verdadera estrella del mundo que brilla en humilde amor. Si Él es el Rey, no podemos pretender brillar con luz propia, olvidando quien es la Luz verdadera (Cf. P. Francisco, Homilía de la Epifanía 2019).
Llevar a Jesús y presentarlo al pueblo, cometido de nuestro compromiso bautismal, como María, exige el testimonio constante de nuestra fe, porque "el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio. Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra, de santidad” (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 41). Sabias palabras que valen para el ministro del altar, para policías, militares y políticos, para todos los bautizados, llamados a vivir la fe en su plenitud.
Para profundizar más en nuestro compromiso cristiano y su relación con la política, en los artículos de las próximas semanas comentaremos el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2019, que nos acaba de regalar el Papa Francisco. Así aprenderemos todos cómo llevar al Niño por los caminos del mundo de hoy, con el compromiso de hacer lo que Él nos dijo.


















































