Es común entre nosotros hacer muchos preparativos para Navidad, casi siempre de carácter material. Pensamos en ropa nueva, adornos navideños, algún viaje o fiesta familiar. No son malas iniciativas, pero siempre nos falta algo más.
Corremos el peligro de olvidar el motivo de la celebración y al personaje central de esta fiesta. Navidad es el encuentro de Dios con el hombre. El personaje principal es Jesús. Sin Él no hay Navidad cristiana.
Por eso en Cuenca, ciudad de profundas tradiciones navideñas, hemos decidido prepararnos por medio de algunos signos que nos recuerdan la cercanía de nuestro Dios: la bendición de un pesebre gigante en la Catedral de la Inmaculada, la iluminación festiva de sus cúpulas, la novena rezada en familia y en las parroquias, el Pase del Niño. Todo nos prepara espiritualmente al encuentro con Jesús en Navidad, y nos invita a compartir nuestra alegría con los demás. Sin reflexionar sobre nuestra vida personal y familiar, a la luz del Evangelio de la infancia del Señor, no es posible vivir la alegría, la paz y la unión de esta época. Navidad pasará como una fiesta social más, serán días de derroche y efervescencia, tiempo perdido, porque Dios pasa a nuestro lado y lo ignoramos. La paz que trajo a María y a José, a los pobres pastores de Belén y a los Magos de Oriente, no encontrará espacio en nuestro corazón, repleto -a veces- de tanta basura y superficialidad. Corazones vacíos de Dios, donde no hay espacio para el pobre, porque el egoísmo que nos domina lo invade todo.
El mega pesebre que hemos bendecido, ha sido preparado personalmente por el Padre Jimmy Arias -sacerdote lojano- y su equipo de trabajo. Es una verdadera obra de arte. Todos sus detalles reflejan la fe y el amor de quienes lo han confeccionado. Agradezco de corazón al Padre Arias y a la Diócesis de Loja, que este año ha querido compartirlo con nosotros.
Invito a las familias cuencanas a pasar estos días por nuestra Catedral y contemplar el monumental pesebre. Será un momento propicio para pensar en tantos hogares, muchas veces marcados por la división, la discordia y la falta de Dios. Junto al pesebre recordemos a nuestros familiares y amigos, a los hijos que Dios nos ha regalado, a nuestros padres y abuelos, a los enfermos y necesitados. Todos tienen cabida en la pobre cueva de Belén. Así como el Niño Jesús recibió con una sonrisa a los humildes pastores, también nos acoge a nosotros, pobres pecadores. María y José nos abren un espacio para postrarnos ante el único Rey que puede darnos la riqueza que nunca se acaba, el amor verdadero que solo Dios regala.
Que el ambiente de alegría y unidad que ahora vivimos perdure siempre y se intensifique en Navidad.


















































