Muchas personas e instituciones colaboran preparando los detalles del Pase del Niño que, sin lugar a duda, es el acontecimiento más importante del año cristiano en nuestra ciudad. En la organización desempeñan un papel fundamental las religiosas del Monasterio del Carmen de la Asunción, custodias de la sagrada imagen, que descansa en la capilla principal y cada 24 de diciembre sale, entre cánticos, danzas y flores, a recorrer las calles de Cuenca. Junto a las Carmelitas está la Arquidiócesis de Cuenca, encargada de coordinar los aspectos pastorales del evento, como la novena y el tema para la reflexión. Este año todo estará enfocado a la familia, iglesia doméstica, pues en todo el país estamos realizando la “Misión Familia”, como una invitación a preparar un sitio a Jesús que viene a cada familia, en la persona de los hijos, del esposo, de la esposa, de los abuelos. “Donde hay una familia con amor, esa familia es capaz de caldear el corazón de toda una ciudad con su testimonio de amor” (Papa Francisco).
Con la experiencia de estos años y contagiado con el fervor del pueblo, puedo decir que quienes mantienen la tradición del Pase del Niño, conservando su originalidad, como expresión de auténtica piedad popular, son las familias cuencanas: la gente sencilla que con profundo entusiasmo participa cada año, sin escatimar esfuerzos. El pueblo, convocado por el mismo Señor, es quien cuida la tradición y el espíritu cristiano de la verdadera Navidad. Es el pueblo, acompañado y orientado por sus pastores, el verdadero mantenedor del Pase del Niño. Son los pobres y humildes quienes le ponen su ritmo e identidad.
“En este acto de piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización” (Evangelii gaudium, 126).
El afecto y la devoción al Niño, representado en una pequeña imagen, es para muchos la oportunidad que les ofrece el Señor para encontrarse con Él, cambiar de vida, y terminar siendo sus mejores discípulos misioneros, mantenedores y custodios de la tradición religiosa del pueblo.


















































