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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE

LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE

“En aquel tiempo, entró Jesús en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude. Le respondió el Señor: Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lucas 10,38-42).

Llevamos una vida muy ajetreada. Son tantas las actividades educativas, laborales, comerciales, hogareñas y sociales que nos asfixian. Nos sentimos verdaderamente agobiados. Terminamos una semana y se nos echa encima otra, con los mismos afanes y nerviosismos. No hay tiempo para reunirnos en familia y, menos, para dialogar con los hijos. Cuando nos queda un poco de espacio, lo empleamos en una reunión de amigos, en una fiesta, un viaje al campo o a la playa, una telenovela o en practicar un deporte favorito.

Pero el cansancio persiste. Y, precisamente, en medio de nuestro loco mundo de activismo y tensiones, el Señor nos dice, como a Marta: “Andas inquieto y preocupado en tantas cosas. Una solo cosa es importante”. Nuestra jornada se hace llevadera cuando descubrimos que lo verdaderamente importante es estar con el Señor. Los ratos de oración y contemplación, como los de María de Betania, sentada a los pies de Jesús, los momentos de lectura atenta de un buen libro sobre nuestra fe, la participación consciente y activa en la santa Misa, son los espacios más importantes, los que dan sentido a nuestro día. Gozar de este encuentro con Cristo, saciarnos de su grata presencia y de su palabra que ilumina, son el mejor remedio para el stress y el cansancio de la vida.

Vivir con alegría los momentos de oración y reflexión no solo es importante para el sacerdote o el consagrado. Todos necesitamos alimentarnos de Dios. Solo Él puede llenarnos de gozo y confianza en medio de la tribulación. Solo Dios nos enseña a perdonar al que nos ofende y calumnia. No hay recetas milagrosas inventadas por los hombres para curar la tristeza. No funcionan los remedios que promocionan los mercaderes de mentiras al presentarnos un futuro sin dolor, porque solo Dios transforma el corazón del hombre y lo llena de esperanza.

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