Muchísimos años llevan viviendo las madres Carmelitas en Cuenca. Son parte de nuestra vida. Los dos monasterios, la Asunción y san José, son centros de espiritualidad y lugares de peregrinación. Muchas personas acuden diariamente a ellos para hacer un momento de oración, compartir con las religiosas o en busca de los deliciosos manjares que solo ellas saben preparar.
Con frecuencia nos preguntamos por qué estas religiosas viven así, aisladas del mundo, en silencio. ¿Será que tienen miedo de enfrentarse a la realidad social? ¿Será por egoísmo y rechazo a los demás? Nada de eso. Ellas, por amor a Jesús, han renunciado libremente a una familia y a un futuro halagador en la vida profesional. Han descubierto el único Amor que puede hacerlas felices. Con su entrega a la oración, al trabajo y a la vida comunitaria nos recuerdan que solo Dios puede llenar nuestros corazones. La felicidad no está en llenarnos de cosas materiales y placeres, el mundo no da la felicidad. Cuando sentimos un profundo vacío interior y no sabemos cómo enfrentar los problemas, cuando todo nos desespera, es porque nos falta Dios.
Íntimamente relacionado con la espiritualidad carmelitana está el escapulario. Dicen que San Juan Pablo II llevaba el escapulario de la Virgen del Carmen en su pecho desde los diez años. El santo Pontífice siempre tuvo una especial devoción a la Virgen y en muchas ocasiones manifestó su piedad mariana, firmemente convencido de que la Virgen lo asistía en su misión pastoral. Hoy se guarda en la iglesia parroquial de Wadowice, su pueblo natal, el pequeño escapulario, como una preciada reliquia, pues perteneció al Papa santo.
“Para aquellos que lo llevan constituye un signo del abandono filial en la protección de la Virgen Inmaculada. En nuestra batalla contra el mal, que María, nuestra Madre, nos envuelva en su manto” (Benedicto XVI).
María, con su amor materno, cuida a los discípulos de su Hijo que peregrinamos en este mundo y nos enfrentamos a las dificultades cotidianas. No dejemos de pedir su auxilio. El escapulario del Carmen nos recuerda frecuentemente que somos sus hijos, que nos envuelve con su manto. También nos recuerda nuestro compromiso de ser buenos cristianos, obedientes a Dios y servidores atentos como María. Sin el compromiso de imitarla, caemos en la superstición.
Al celebrar este mes de julio, con mucha devoción, la fiesta de la Virgen del Carmen, pidamos a María por nuestras religiosas de claustro, para que no les falte la alegría y la fidelidad. Que sean continuas intercesoras ante Jesús por las necesidades de nuestro pueblo y el Señor las bendiga con muchas y santas vocaciones. Que el escapulario en nuestros pechos sea signo de nuestra particular unión con Jesús y María.


















































