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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

AÑO JUBILAR DE LA CATEDRAL (II)

AÑO JUBILAR DE LA CATEDRAL (II)

Estamos a pocas semanas de celebrar, en el mes de mayo, los Cincuenta Años de consagración de la Catedral de la Inmaculada de Cuenca, majestuoso templo construido con la colaboración de numerosas grupos de personas e instituciones. Pero para ello, es necesario que recordemos las sabias palabras del Papa Benedicto XVI: “Si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito” (S.S. Benedicto XVI).
En este tiempo, en el que se ha perdido el sentido de lo sagrado y se dan tantas manifestaciones de irreverencia y sacrilegios, no podemos olvidar que el templo es lugar santo, signo de la cercanía de Dios. En él resuena la Palabra salvadora y gozamos con la presencia real de Dios en la Eucaristía. Desde aquí recibimos su vida, su doctrina y su amor. Reconfortados por la Palabra y la Eucaristía, tenemos que salir del templo con la gran misión de mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia, de unión y no de división entre hermanos.
Gaudí, el gran arquitecto de la iglesia de la Sagrada Familia, decía que “un templo es la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo”. Así lo afirmamos también nosotros cuando contemplamos nuestra Catedral, pues ella refleja los sentimientos de fe de una ciudad eucarística y mariana, y de todo un país consagrado al Corazón de Jesús.
Al celebrar tan variadas conmemoraciones durante este año, pidamos al Señor que en nuestra Arquidiócesis de Cuenca se multipliquen las familias católicas, surjan vocaciones sacerdotales y religiosas, que den testimonio de servicio a la Iglesia y a la humanidad. Que, desde nuestra Catedral, centro de la espiritualidad cuencana, brote un río constante de gracia y de misericordia sobre nuestra ciudad y el mundo.
Desde ahora, los invito a todos, a dar gracias al Señor y a venir en peregrinación a nuestra Iglesia Catedral para renovar las promesas del bautismo y comprometernos más profundamente a vivir la fe que profesamos, con el gozo de sentirnos hijos de Dios y mensajeros de su misericordia. También será una excelente ocasión para redescubrir la belleza arquitectónica de nuestra Iglesia Madre, edificio emblemático de nuestra ciudad y orgullo del pueblo cuencano.
Que María Inmaculada, a quien coronamos como Reina y Madre de nuestra Arquidiócesis hace cincuenta años, nos consiga de su Hijo crecer en la fe y ser portadores del amor de Dios.

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