Cuando hablamos de convivencia humana, pensamos en muchos factores que la hacen posible, como alimento, vestido, vivienda, salud, educación, viabilidad, comunicación, espiritualidad, entre otros.
Una de las preguntas fundamentales, en la vida cotidiana, es cómo hacer para que estos factores estén al servicio de toda la ciudadanía y no únicamente de unos pocos privilegiados. Para ello es necesario cultivar algunos valores como la comunión, la justicia, la solidaridad y la sobriedad. En esta oportunidad, reflexionaremos los dos primeros.
Comunión
En las primeras comunidades cristianas, la comunión de bienes era una práctica ordinaria, de tal manera que ninguno padecía necesidad alguna, porque ponían los bienes a disposición de los Apóstoles, para que los distribuyeran, según sus necesidades. (Hch 4, 32. 34-35)
La comunión no se refiere sólo a las cosas materiales, sino también a lo que somos como personas. Cada uno es un bien para los demás. Esta convicción nos invita a aceptarnos tal como somos y a compartir la diversidad de costumbres sociales y talentos personales.
El ideal de sociedad, por su parte, no es ni la opulencia ni la miseria. Ambos son inhumanos. La opulencia nos insensibiliza y nos vuelve despiadados; y la miseria es denigrante y nos transforma en seres resentidos y violentos. Lamentablemente, aún se acrecienta el abismo entre los que viven en la abundancia y las multitudes que sobreviven y mueren en la miseria.
El modelo, particularmente cristiano, es una sociedad justa y solidaria, donde todos tengan lo necesario para vivir con dignidad. Nuestra sociedad no se muere por falta de recursos, sino por la carencia de justicia y de solidaridad.
Justicia
Creyentes y no creyentes estamos llamados a ser promotores de justicia y de paz. Pero la paz depende de la justicia. Recordemos que detrás de cualquier forma de violencia ya sea familiar, social o religiosa siempre se esconde alguna injusticia.
El tráfico de personas, de armas y droga, la explotación despiadada de los recursos naturales y el empobrecimiento de la población son gritos que nos desafían a trabajar para que haya justicia. Esta conciencia nos impulsa a no contentarnos con la asistencia social en favor de los pobres, sino a luchar para eliminar las estructuras injustas. La justicia, además, nos ayuda a vivir con dignidad y a desarrollar, de una forma armónica, nuestras capacidades físicas, psíquicas y espirituales.
La comunión de los bienes y la justicia distributiva de los mismos, por consiguiente, nos permite vivir en una sociedad más libre.


















































