Iniciamos el Adviento con María, ella es nuestro modelo de firme esperanza. La Virgen del Adviento es la mujer joven y limpia de hermosura. No es posible celebrar este tiempo sin María, la purísima servidora del Señor y de su pueblo y, más aún, en nuestra Arquidiócesis de Cuenca, que la venera como su Patrona.
La Virgen María, después de recibir el anuncio del Ángel, no se queda en su casa de Nazaret recreándose en el maravilloso don recibido por voluntad de Dios. Nos cuenta el Evangelio de san Lucas (1,39-45) que fue presurosa a la montaña a visitar a su prima Isabel, mujer anciana y enferma que necesitaba de su ayuda. Fue porque comprendió bien la misión que recibió. Ser la Madre del Señor implicaba entrega plena a Dios y servicio a los demás, como lo hizo el mismo Jesús al venir al mundo. No podemos olvidar que el tiempo del Salvador es el tiempo de la misericordia y del consuelo.
María se convierte así en la mujer que acompañó a Jesús y nos acompaña también a nosotros en el camino de la vida. No perdió la esperanza aun en los momentos más duros de la vida del Señor, perseveró en las pruebas y hoy está junto a la Iglesia, que recibió la misión de anunciar el Evangelio de la misericordia.
A la luz del ejemplo de la Virgen servidora de los necesitados, debemos preguntarnos: ¿Cómo recibimos a nuestros hermanos? ¿Cómo acompañamos a los débiles y frágiles? ¿Estamos realmente al lado de los que nos necesitan? ¿Nuestra compañía es activa y servicial o es de meros espectadores que se lamentan y buscan culpables de las injusticias que vemos en la sociedad? ¿Somos de aquellos que nos preguntamos por qué Dios no actúa pronto, o somos de los que buscamos, con la gracia de Dios, soluciones eficaces, poniendo generosidad, esfuerzo y cariño de nuestra parte, como lo hizo María?
Hoy hay gente expuesta a muchos peligros: niños que necesitan protección desde su concepción porque la perversa cultura de la muerte les niega el derecho a la vida; jóvenes desorientados y expuestos a la violencia, las drogas y las ideologías que destruyen su personalidad e identidad; ancianos y enfermos arrinconados, abandonados y olvidados por la ley del descarte; mujeres víctimas de la violencia, solas y desesperadas que buscan ayuda para salir adelante con sus hijos. ¿Nos preocupan verdaderamente nuestros hermanos o solo pensamos entregar cariño a nuestras mascotas? A los animales debemos cuidarlos, pero primeros están las personas.
María sigue a nuestro lado como lo hizo junto a Isabel, con una presencia efectiva. Es la madre que intercede por nosotros ante su Hijo. Es la mujer del amor y de la vida. La que demuestra su grandeza en el servicio y nos enseña a ser grandes en la entrega a los demás. Acudamos a ella siempre y mucho más en este Adviento, para prepararnos para el encuentro con su Hijo amado.


















































