Son innumerables los títulos e invocaciones que la piedad cristiana, a lo largo de los siglos, ha dedicado a la Virgen María, camino privilegiado y seguro para el encuentro con Cristo. También en el tiempo presente, atravesado por motivos de incertidumbre y desconcierto, el recurso devoto a ella, lleno de afecto y confianza, es particularmente sentido por el pueblo de Dios.
Como intérprete de este sentimiento, el Sumo Pontífice Francisco ha dispuesto que, en el formulario de las letanías de la Bienaventurada Virgen María, llamadas “Lauretanas”, se inserten las invocaciones “Madre de misericordia, Madre de la esperanza y Consuelo de los migrantes” (Carta de la Congregación para el Culto Divino sobre las Letanías, 2020).
Acogemos con alegría esta iniciativa del Santo Padre, que nos invita a poner en manos de María, nuestra Madre, los sentimientos y necesidades de nuestro tiempo, tan desprovisto de misericordia, esperanza y consuelo. Recordemos que las letanías lauretanas son oraciones breves, compuestas de una serie de invocaciones a María, de títulos de honor que los santos Padres le dieron, títulos que expresan la dignidad de María, Madre de Dios. Con ellos honramos su persona e invocamos su poderosa intercesión.
Cuando así la llamamos, al finalizar la oración del Santo Rosario, la saludamos con amor filial, expresamos sus grandezas y atributos, afirmamos su presencia junto a la Iglesia peregrina y la esperanza de llegar a la vida eterna. Cuando pronunciamos estas invocaciones marianas, ante todo damos gloria a Dios que tanto ensalzó a su Madre Santísima, damos gracias a ella que nos protege como buena Madre, pedimos su protección y nos comprometemos a imitar sus virtudes. En esto consiste la verdadera devoción a María.
Las dificultades de hoy, especialmente las pandemias y los atentados contra la vida, la paz y la dignidad de la persona, nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las naciones, puede fortalecer la esperanza de un futuro menos oscuro.
La confianza en María nos mueve a ser artífices de la paz verdadera, don de Cristo resucitado y favorece nuestro encuentro con Cristo presente en los hermanos que sufren injusticas, enfermedades, falta de trabajo y se ven obligados a dejar su tierra y su cultura, buscando un futuro mejor para sus hijos. De este modo, la piedad mariana nos impulsa a examinar los problemas de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia el amor, característica de los verdaderos discípulos misioneros de Jesucristo.
Las letanías y el Santo Rosario son oraciones que se prestan particularmente para reunir a la familia. Contemplando a Jesús, guiados por María, cada uno de sus miembros recupera la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicarse, solidarizarse, perdonarse y comenzar de nuevo. Es reconocer que Jesús está en el centro del hogar, que con él se comparten alegrías y dolores, necesidades y proyectos, que con él obtenemos la esperanza y la fuerza para el camino (Cf. Rosarium Virginis Mariae, 41).


















































