En estos meses de confinamiento debido a la pandemia de COVID 19, hemos visto una profunda muestra de solidaridad en nuestra sociedad. Médicos, enfermeras, agentes del orden, voluntarios, empresas, medios de comunicación, misioneros, entre otros, han demostrado la grandeza de sus corazones y su espíritu de servicio, al entregarse al cuidado de los enfermos y sus familiares.
La familia se unió, volvimos a dialogar, leímos la Biblia, rezamos el Rosario, dejamos de pensar en nosotros mismos y fijamos la mirada en las necesidades de los demás. Valoramos el trabajo y el estudio, decidimos aprovechar mejor nuestro tiempo. Pero lo más importante es haber descubierto que no podemos vivir sin Dios y sin los demás. Así como hemos visto innumerables ejemplos de solidaridad, unidad y fe, también nos han sobresaltado noticias sobre terribles hechos de corrupción.
No podemos hablar solo de crisis sanitaria, también, lamentablemente, debemos reconocer que existe una profunda crisis social, económica y moral. “En medio de tanta incertidumbre y dolor, es causa de profunda indignación la pandemia de la corrupción que afecta a nuestra sociedad, incluidas las propias instituciones de salud, en lo que se refiere a irregularidades en las compras de fármacos e insumos. Moralmente es un gravísimo crimen aprovecharse de esta dolorosa situación para enriquecerse de un modo fraudulento, lo cual no debe de quedar impune. Este hecho revela no sólo la codicia humana, sino también hasta qué punto la corrupción está presente en nuestra sociedad y en nuestras instituciones”. (Crisis y esperanzas, Comunicación CEE, 18 de mayo 2020).
“La realidad nos muestra qué fácil es entrar en las pandillas de la corrupción, formar parte de esa política cotidiana del ‘doy para que me den’, donde todo es negocio. Y cuánta gente sufre por las injusticias, cuántos se quedan observando impotentes cómo los demás se turnan para repartirse la torta de la vida. Algunos desisten de luchar por la verdadera justicia, y optan por subirse al carro del vencedor. Eso no tiene nada que ver con el hambre y la sed de justicia que Jesús elogia” (Ga.Exs 78).
La Iglesia no solo tiene la tarea de denunciar las injusticias, está llamada a fortalecer la esperanza y a señalar caminos de solución, por eso debemos comprometernos en nuestra formación permanente. Promovamos en nuestras comunidades una formación cada vez más completa de los fieles laicos, mediante la catequesis continua y la dirección espiritual. Su colaboración es esencial, puesto que el futuro de la Iglesia y la sociedad dependerá en gran medida del desarrollo de una visión eclesiológica basada en una espiritualidad de comunión, de participación y de poner en común los dones recibidos.
“Las nuevas generaciones, desde su alegría y entusiasmo, desde su libertad, sensibilidad y capacidad crítica reclaman de los adultos, pero especialmente de todos aquellos que tienen una función de liderazgo en la vida pública, llevar una vida conforme a la dignidad y autoridad que revisten y que les ha sido confiada. Es una invitación a vivir con austeridad y transparencia, en la responsabilidad concreta por los demás y por el mundo; una invitación a llevar una vida que demuestre que el servicio público es sinónimo de honestidad y justicia, y antónimo de cualquier forma de corrupción”. (Papa Francisco, Discurso a las autoridades en Panamá, 2019).


















































