Al iniciar la reapertura de nuestros templos católicos con momentos para la plegaria personal ante Jesús sacramentado, pensemos en la importancia fundamental de la oración en la vida del sacerdote y de todo cristiano. Sin oración no hay vocación ni misión, todo se convierte en mera acción sin sentido, se buscan honores y recompensas humanas, no la gloria de Dios y el servicio a los hermanos. Cuando las personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.
Mientras guiaba el mundo en la Adoración del 27 de marzo anterior, el Santo Padre Francisco nos enseñó que orar significa:
Escuchar, dejar que lo que estamos viviendo nos preocupe, afrontar el viento y el silencio, la oscuridad y la lluvia, permitir que las sirenas de las ambulancias nos turben.
Reconocer que no somos autosuficientes y, por tanto, encomendarnos a Dios. Contemplar el Cuerpo del Señor para ser permeados por su modo de obrar, dialogar con Él para acoger, acompañar y sostener, como Él hizo.
Aprender de Jesús a tomar la cruz y abrazar junto a Él los sufrimientos de muchos. Imitarlo en nuestra fragilidad para que, a través de nuestra debilidad, la salvación entre en el mundo. Mirar a María, “Salud de su Pueblo y Estrella del mar tempestuoso”, y pedirle que nos enseñe a decir “sí” cada día y a ser disponibles concreta y generosamente.
La oración se convierte en la vía para descubrir cómo ser discípulos y misioneros hoy, encarnando en una amplia variedad de circunstancias el amor incondicional por todo ser humano y por todas las criaturas. Este camino puede conducirnos a una visión distinta del mundo, de sus contradicciones y sus posibilidades; puede enseñarnos día tras día cómo dirigir nuestras relaciones, nuestros estilos de vida, nuestras expectativas y nuestras políticas hacia el desarrollo humano integral y la plenitud de la vida. Por tanto, la escucha, la contemplación y la oración son parte integrante de la lucha contra las desigualdades y las exclusiones, y a favor de alternativas que sostengan la vida (Cf. Papa Francisco, La Vida después de la pandemia, pp.16-17).
El templo es la casa de los fieles, espacio para la oración, es la casa del Padre, la casa de la Comunidad, y se ha convertido en la casa de la humanidad, que busca un horizonte y un sentido para sus luchas, para sus sueños y esperanzas.
Con la ayuda de la Inmaculada Concepción, patrona de la Arquidiócesis, sigamos atentos a los planes de Dios en el momento presente, para continuar promoviendo la vida, la esperanza, la atención fraterna y la cohesión social.
No perdamos la esperanza, el Señor lucha a nuestro favor. No estamos solos, no somos hijos huérfanos, tenemos a nuestra Madre del Cielo y también a nuestra Madre Iglesia, que nos acoge a todos.


















































