Con profunda esperanza, prudencia, respeto a la vida y confiando en el Señor, hemos iniciado la reapertura de nuestros templos católicos. Después de vivir unos meses de aislamiento debido a la pandemia del COVID 19, sin poder encontrarnos en comunidad, como lo hemos hecho siempre, después de vivir la dolorosa experiencia de la enfermedad y muerte de muchos familiares y amigos, vamos a iniciar una nueva etapa como hombres y mujeres de fe.
En este tiempo de crisis social nuestra misión continuó, aun con los templos cerrados, porque el corazón de cada cristiano estuvo abierto a la acción del Espíritu Santo y a las necesidades espirituales y materiales de muchos hermanos. La misión, explica el Papa Francisco, no es el resultado de la aplicación de sistemas y lógicas mundanas de militancia o competencia técnico-profesional, sino que nace de la alegría desbordante que nos dona el Señor y que es fruto del Espíritu Santo. Es una gracia, es la alegría que nadie puede darse solo.
La misión no es trabajo elitista, para ser abordada y dirigida a través de programas de escritorio mediante la aplicación de estrategias, que obtienen una conciencia a través del razonamiento, recordatorios, militancia, entrenamiento; los bautizados no son una masa inerte a la que movilizamos según nuestros gustos ideológicos. Al pueblo lo mueve el amor de Dios. Él ha despertado en su pueblo la acción evangelizadora, así muchas iniciativas laicales han surgido o se han robustecido en este tiempo, para decirnos que la misión cristiana es gratitud y gratuidad, humildad, proximidad a la vida de las personas allí donde están y como están, con preferencia por los pequeños y por los pobres (Cf. Mensaje del Papa a las Obras Misionales Pontificas, 2020).
La Arquidiócesis de Cuenca, en comunión con el Papa Francisco y la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, asume el protocolo de bioseguridad para la reapertura progresiva de los templos, quiere dar este paso, pero sin dejar de acompañar, coordinar y apoyar la preocupación sanitaria de las autoridades nacionales y locales. Prevenir el contagio es una responsabilidad ciudadana y cristiana, la Iglesia quiere cumplir con la Ley de Dios, que en su quinto mandamiento nos pide guardar, promover y defender la vida, preservarla, la nuestra y la de los demás: eso es lo que estamos haciendo.
En el protocolo se explica que la reapertura de los templos será progresiva, siguiendo normas estrictas de bioseguridad y por medio de tres etapas pedagógicas. En la primera fase estarán abiertas las iglesias para la oración personal y confesión sacramental. En la segunda fase podremos recibir la sagrada Comunión y en la tercera celebraremos la Eucaristía; en las tres fases solo con un aforo del 30% de feligreses en la iglesia parroquial. Las personas vulnerables y de la tercera edad, por normas de seguridad y cuidado de su salud, deben abstenerse de asistir a las iglesias en estas etapas, pero podrán solicitar al sacerdote o ministro laico de la Comunión la recepción de este sacramento en casa, tal como lo reciben ordinariamente otras personas que, por problemas de salud, no acuden al templo. Ningún hermano puede sentirse abandonado o marginado.


















































