En esta temporada de Navidad dirijamos nuestra mirada a María, nuestra madre, y dejémonos contemplar por ella, que siempre nos mira con sus ojos misericordiosos.
Miremos -asimismo- a la Iglesia, morada del Dios vivo. Ella también es madre porque engendra hijos en la fe y nos alimenta con los sacramentos. Recordemos que la Iglesia es casa de Dios y no museo.
La maternidad de María y su cercanía nos recuerdan la importancia de las madres en el mundo. La ternura maternal no es un mero sentimiento. Amar a nuestras madres es amar la vida.
Comenzar el año leyendo y meditando el Evangelio con María, con la fe que la caracterizó, es algo singular. Diciendo SÍ al plan que Dios nos propone, con plena confianza. Es bueno dejar que María nos lleve de la mano al encuentro con Dios.
Ella y San José vivieron la primera Navidad, la mejor Navidad. Por eso, debemos pedirles que nos enseñen a acoger a Jesús en nuestros corazones y en la vida de cada día.
Acabamos de celebrar la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, el 1 de enero, fecha en que también celebramos la Jornada Mundial de la Paz, y es necesario invocar la bendición del Señor, a través de María, la Reina de la Paz. En el mundo actual, en que vivimos realidades diversas, la presencia de Dios es nuestras vidas, siempre es necesaria e importante.
Hoy muchos no aceptan o cuestionan la fe cristiana. Creen que las verdades de fe son cosas del pasado. No están de acuerdo con la defensa de la vida, la santidad del matrimonio y la familia. La cerrazón de aquellos que no aceptan a Dios deriva muchas veces de la falta de formación, pues desconocen la fe. Esta actitud puede proceder también de la arrogancia o del miedo a cambiar de vida.
Es más fácil sustituir al Dios verdadero por los dioses de este mundo: el poder, el placer y el dinero. Algunos, por conservar sus bienes, son capaces de combatir, marginar o matar de diversos modos a los pobres. El poder los llena de soberbia y olvidan que están para servir y no para destruir.
A pesar de todo, encontramos a muchos jóvenes que quieren escuchar con atención la palabra de Dios porque esperan comprometerse seriamente con Jesús. Nos entusiasma verlos orar, participar de la Eucaristía, hacer apostolado con los niños y ancianos, vincularse a grupos misioneros. Esta experiencia se vive en parroquias, comunidades y movimientos apostólicos. Quieren liberarse de la cultura de muerte, de egoísmo y de libertinaje. Buscan algo más. Luchan contra la mediocridad y el engaño. Su ejemplo nos estimula.
De la mano de María, iniciemos este nuevo año, proponiéndonos escuchar -como ella- la Palabra de Dios y acogerla en nuestros corazones.


















































