El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. A los que vivían en tierra de sombras una luz brilló. Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría. Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y será su nombre «Maravilla de Consejero», «Dios Fuerte», «Siempre Padre», «Príncipe de Paz» (Isaías 9,1-5)
El niño que ha nacido, el hijo que se nos ha dado, es un don de Dios, porque significa la presencia de Dios entre los suyos. El texto citado le atribuye cuatro cualidades que caracterizaron a los grandes hombres del pueblo de Israel: la sabiduría de Salomón (Consejero maravilloso), el valor de David (Dios fuerte), los dotes de gobierno de Moisés (Padre sempiterno) y las virtudes de los antiguos patriarcas (Príncipe de la paz). “Estas cualidades se cumplen en Jesús. Él es admirable en su nacimiento, consejero en su predicación, Dios en sus obras, fuerte en la pasión, Padre perpetuo en la resurrección, y Príncipe de la paz en la bienaventuranza eterna” (San Bernardo, Sermones diversos 53,1).
El mundo camina en tinieblas, en muchos corazones no hay lugar para Dios. Los cristianos de hoy debemos luchar contra el mal, portando la luz de la verdad en el ambiente familiar y educando a los hijos en la fe.
Navidad es la fiesta más desnaturalizada del año porque fácilmente, dominados por la sociedad de consumo, olvidamos que Jesús es el centro de la celebración y descuidamos a sus hermanos más pobres y necesitados. En Adviento, la Iglesia nos invita a prepararnos, pero a muchos esta llamada no les dice nada porque no esperan a nadie. Quien no espera no se prepara.
En Navidad contemplamos a José y a María, que lleva en sus brazos al Salvador del mundo, al mismo Dios encarnado. A los padres de familia el Señor también les confía los hombres y mujeres del mañana. Los hijos son un tesoro para custodiar y hacerlos crecer en sabiduría, estatura y gracia.
La Iglesia ha recibido la misión de anunciar estas verdades de fe. Tiene la responsabilidad de comunicar a los más pobres el don de Dios y la salvación a todos los pueblos. Tomémonos en serio nuestra tarea para que la Buena Noticia del nacimiento del Salvador sea alegría para todo el mundo. No existe Navidad sin oración, sin compartir, sin perdón y reconciliación. Este es el camino que el Príncipe de la Paz nos ofrece para encontrarnos con Él en Navidad y caminar juntos durante todo el año.


















































