En noviembre recordamos especialmente a los fieles difuntos. La visita a las tumbas es un hecho cultural y religioso presente en todos los pueblos. La característica que nos diferencia a los cristianos con respecto a otras religiones es la fe en la resurrección, tal como Jesús nos enseñó. El credo habla de la resurrección de los muertos, no de reencarnación o de otras creencias presentes en religiones no cristianas. Para nosotros la palabra de Jesús nos da una respuesta definitiva: “Quien cree en mi tiene vida eterna, no morirá para siempre”. “Yo soy la resurrección y la vida”.
El recuerdo de nuestros difuntos se expresa no solo con la visita al cementerio, sino en la celebración eucarística. En la Misa se realiza la comunión con Cristo, con nuestros difuntos y entre nosotros. La Eucaristía nos une en la fe. Así lo expresa el sacerdote cuando recita la plegaria eucarística al invocar la intercesión de la Virgen María, los ángeles y los santos, y pedir por el eterno descanso de los que murieron en la fe, para que Dios los mire con misericordia.
Las celebraciones de noviembre, Día de los Difuntos y fiesta de Todos los Santos, nos hablan del paso a la vida nueva a través de la muerte, pero también de toda la existencia cristiana y del don de la vida eterna. Debemos reflexionar cómo estamos llevando nuestra vida, si vivimos o no la misión que el Señor nos ha encomendado en relación con Él y con nuestros hermanos, pues la vida es para entregarla, para darla haciendo el bien y no para sembrar discordia, violencia y división entre los que nos rodean.
La partida de nuestros seres queridos es y siempre será una experiencia dolorosa. Nos hacemos muchas preguntas sobre Dios y sobre nosotros, nos cuesta aceptar que nuestros seres amados ya no estén en este mundo, pensamos que la vida no tiene sentido sin ellos, que Dios es injusto y nos ha olvidado. Terminamos haciendo juicios negativos cuando nos falta fe y perdemos la esperanza. Como comunidad cristiana tenemos la responsabilidad de acoger, confortar con palabras de fe, acompañar y ayudar a quienes sufren la perdida de los miembros de su familia. La cercanía silenciosa y fraterna es muchas veces el mejor consuelo, pues las palabras humanas se quedan cortas cuando solo Dios tiene la respuesta. Su respuesta es la única que nos debería consolar de forma eficaz, cuando -luego de una profunda meditación y discernimiento- logramos interpretar cuál es su voluntad, pues Él no se equivoca.
Acoge, Padre bueno, la oración que la comunidad de creyentes te presenta llena de fe en el Señor resucitado, y fortalece en nosotros la alegre esperanza de resucitar con Cristo junto a nuestros hermanos difuntos.


















































