Como se manifiesta en el documento denominado Instrumentum Laboris, (n.130) sobre el Sínodo para la Amazonía, que acaba de realizarse en Roma: “Las grandes ciudades, donde surgen nuevas costumbres y modelos de vida, nuevas formas de cultura, que luego influyen sobre la población, son lugares privilegiados para la misión. La Iglesia necesita estar en diálogo permanente con la realidad urbana, que exige respuestas diferentes y creativas. Para esto, es necesario que los sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos de los diferentes ministerios, movimientos, comunidades y grupos de una misma ciudad o diócesis, estén cada vez más unidos en la realización de una acción misionera conjunta, inteligente, capaz de unir fuerzas...”.
Uno de los desafíos para la evangelización del mundo de hoy son las grandes ciudades, donde se concentran millones de personas, culturas diversas, clases sociales demarcadas, situaciones de pobreza extrema, violencia e injusticia, desconocimiento de la fe. No podemos hacerle frente a esta realidad con trabajos aislados o esporádicos, ni con recetas de épocas pasadas. Necesitamos unión entre todos para que la misión sea efectiva. El testimonio de comunión fraterna siempre será necesario.
En la Arquidiócesis de Cuenca está vigente el Plan Pastoral 2018-2028, que incluye el aporte misionero de todos, especialmente de los laicos: movimientos, catequistas, comunidades eclesiales, jóvenes, familias. Se nos invita a compartir la fe que gratuitamente hemos recibido. Todos tenemos algo para dar con alegría a los demás: nuestro testimonio de sentirnos amados por Dios.
En la evangelización urbana no podemos descartar a nadie, no podemos olvidarnos de los indígenas. Ellos en la ciudad son migrantes, han dejado su tierra, sus costumbres, su familia, buscando un trabajo digno. A veces nadie se preocupa de ellos y las autoridades eluden su responsabilidad. Como recordé anteriormente, en Cuenca iniciamos hace tres años, con la ayuda eficaz de las religiosas Lauritas, una pastoral indígena urbana que busca su formación humana y cristiana, la atención a las familias, el rescate de sus costumbres, tradiciones, su lengua y la organización comunitaria. Cuando logremos integrarlos debidamente en las parroquias, serán protagonistas de la misión.
Para fortalecer la pastoral urbana es necesario promover la formación integral de los laicos, para que ellos asuman su rol protagónico en la sociedad, siendo luz en el mundo de la cultura, la política, la educación, los medios de comunicación, la familia, entre otros. Una Iglesia misionera no solo predica la defensa de la vida, sino que se compromete con las familias pobres, las mujeres abandonadas, los niños y ancianos.
Esa maravillosa tarea la realizan, muchos laicos, y de entre ellos, los catequistas. En la Vicaría Urbana, el envío de los catequistas fue el sábado 26 de octubre, en una emotiva Eucaristía celebrada en la Catedral de la Inmaculada, que contó con la presencia de cientos de catequistas, quienes con su entusiasmo característico, renovaron su compromiso de continuar llevando el mensaje de la Palabra de Dios a niños, jóvenes y adultos de sus respectivas parroquias.


















































