El 13 de febrero de 2019, el Papa Francisco aprobó el martirio del siervo de Dios Salvador Víctor Emilio Moscoso Cárdenas, sacerdote de la Compañía de Jesús; nacido en Cuenca el 21 de abril de 1846 y asesinado, por odio a la fe, en Riobamba el 4 de mayo de 1897.
Es un honor y motivo de profunda alegría tener en nuestra Arquidiócesis de Cuenca a un nuevo santo. El Futuro Beato, Emilio Moscoso Cárdenas, se une a nuestro querido San Miguel Febres Cordero Muñoz, más conocido como Santo Hermano Miguel. Ambos son testimonios de fe, de coherencia de vida cristiana, amor a Jesús Eucaristía y entrega al servicio de los demás, en la persona de los niños y jóvenes, a quienes educaron.
El Padre Emilio Moscoso fue un sacerdote bondadoso, sencillo y humilde, sin ningún afán de notoriedad y deseos de poder, que, sin ofender a nadie, murió cobardemente asesinado. La madrugada del 4 de mayo de 1897, siendo rector del Colegio San Felipe de Riobamba, se hallaba orando cuando tropas militares liberales ingresaron al recinto educativo, echaron abajo las puertas del templo y profanaron las Sagradas Formas, destruyendo lo que hallaron al paso, además de proferir insultos vejatorios contra la comunidad. Al hallar al Padre Moscoso, sin mediar palabra, le asestaron dos disparos a quemarropa.
Al morir a manos de aquellos que odiaban la fe, el Padre Moscoso se convierte en mártir de la Iglesia. Precisamente mártir significa testigo; él fue testigo del amor misericordioso de Cristo, presente realmente en la Eucaristía. El martirio de este sacerdote jesuita ha sido reconocido oficialmente por el Santo Padre y será beatificado por el Cardenal Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, en la ceremonia que se celebrará el sábado 16 de noviembre de 2019, en el estadio de Riobamba, ciudad donde derramó su sangre y donde reposan sus reliquias.
“Imploremos la intercesión de los mártires para ser cristianos concretos, cristianos con obras y no de palabras; para no ser cristianos mediocres, cristianos barnizados de cristianismo pero sin sustancia; ellos no eran barnizados eran cristianos hasta el final, pidámosle su ayuda para mantener firme la fe, aunque haya dificultades, y seamos así fermento de esperanza y artífices de hermandad y solidaridad” (Papa Francisco).
Como Iglesia de Cuenca, no podemos pasar por alto este acontecimiento. Debemos regocijarnos y dar gracias a Dios porque nos bendice con un nuevo santo nacido en nuestra tierra. Su martirio nos fortalece e impulsa a dar también testimonio de nuestra fe, siendo verdaderos discípulos de Jesús en una sociedad que se ha olvidado de Dios y rechaza los principios y valores inculcados en la familia cristiana.


















































