“Estamos llamados a proclamar el Evangelio de la vida, la buena nueva de que Jesucristo es el Dios vivo. Que se hizo hombre en el vientre de María, que murió en la cruz y resucitó, así nos dio vida nueva”. Esta es la gran verdad que la Iglesia ha proclamado y proclamará hasta el final de los tiempos.
En múltiples intervenciones el Papa Francisco nos llama a defender la vida. Nos dice que la defensa de la tierra no tiene otra finalidad que no sea la defensa de la vida, de las familias, del medio ambiente, y que junto a la contaminación ambiental está también la contaminación moral, que se ve reflejada en leyes a favor del aborto, la eutanasia, la trata de personas, reducidas a la esclavitud y al abuso sexual.
Ante estos pecados contra la persona y la naturaleza, la Iglesia no puede permanecer indiferente, no puede dejar de escuchar el clamor de los descartados, de los que sufren y no pueden defenderse. De esta preocupación surge la opción primordial por la vida de los más indefensos.
La Iglesia debe escuchar el clamor de los pobres. Al escuchar el dolor, la oración se hace necesidad para poder oír la voz del Espíritu de Dios. La voz profética implica una nueva mirada contemplativa capaz de misericordia y compromiso. Pero también significa ver con conciencia crítica una serie de conductas y realidades de la cultura actual que van contra la dignidad de la persona. Como ciudadanos, debemos hacer oír nuestra voz ante la implantación de leyes anti vida, como la pretensión de legalizar el aborto en nuestro país. Junto a nuestras convicciones religiosas deben estar también los argumentos científicos, señalando los aspectos jurídicos y éticos, que debemos manifestar con altura y respeto, sin ofender a nadie. Estamos llamados a ser aliados de los más indefensos, de las mujeres maltratadas, de los ancianos y enfermos, rechazando toda manifestación de abuso, corrupción, colonización ideológica y atentados contra la vida humana. La solución no es la muerte de los inocentes, sino la solidaridad efectiva con aquellos que se sienten abandonados.
Madre de Jesús y Madre nuestra, acudimos a ti para pedirte que intercedas por nosotros, para que Dios nos dé la gracia de decir SÍ a la vida y el valor para defenderla. Enséñanos a socorrer a las mujeres solas y necesitadas de orientación y afecto sincero.


















































