En la homilía pronunciada por el Papa Francisco con motivo de la visita a la Basílica de Guadalupe (México de 2016), describe el amor maternal de María por nuestros pueblos y la tierna devoción que le profesamos.
Nos recuerda que María fue al encuentro de su prima Isabel sin demoras, sin dudas, va a acompañarla en los últimos meses de embarazo. Así se hace presente también en nuestra historia personal, siempre atenta, cercana y servicial. No se sintió privilegiada, ni que tenía que apartarse de la vida de los suyos.
María es la mujer del sí. Un sí de entrega a Dios y, en el mismo momento, un sí de entrega a sus hermanos. Es el sí que la puso en movimiento para ir al encuentro con los demás. Inspirado en la escena de la Visitación, el Papa manifiesta que María, la mujer del sí, también quiso visitar a los habitantes de estas tierras de América en la persona del indio san Juan Diego. Caminó en Judea y Galilea y también en el Tepeyac, con sus ropas, usando su lengua, para servir a este pueblo. Se hizo presente al pequeño Juanito y se sigue haciendo presente a nosotros; especialmente a aquellos que como él sienten «que no valen nada». A estos los nombra embajadores muy dignos de confianza.
María hace lo que cantó en el Magnificad, donde nos recuerda que el Señor enaltece a los humildes. Por eso los sentimientos de Juan Diego son también los nuestros, cuando descubrimos que el Señor nos mira con misericordia, confía en nosotros y nos convierte en embajadores de su amor. Dios despertó y despierta la esperanza de los pequeños, de los sufrientes, de los desplazados y descartados, de aquellos que sienten que no tienen un lugar digno en esta tierra. Como Juan Diego, experimentan en su propia vida la esperanza, y la misericordia de Dios.
Por María, Dios se acerca al corazón sufriente pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han visto partir a sus hijos, que no encuentran salida ante la violencia que los acecha y la esclavitud de las drogas.
María nos elige sus embajadores para enviarnos a construir nuevos santuarios de Dios: el santuario de la familia, que necesita levantarse con la base firme de la fe y del amor que se entrega con generosidad. El santuario de la vida naciente, defendiendo a tantas madres que luchan por la vida de sus hijos. El santuario del corazón de los niños que jamás debemos manchar con nuestras malas acciones, escándalos y abusos. El santuario de la vida de los jóvenes que necesitan nuestro apoyo para hacer realidad sus esperanzas. El santuario solidario de nuestras comunidades, sociedades y culturas, abierto a todos. El santuario de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones de la vida familiar, desechados como cacharros inútiles, olvidando que ellos dieron su vida por nosotros. Debemos construir el santuario de Dios en el rostro de quienes salen a nuestros caminos y esperan el testimonio, el abrazo misericordioso y sincero de un buen amigo.


















































