No podría ser de otra manera, porque Cristo ha resucitado y nos muestra a todos el camino de la vida verdadera. Este único camino es el de la humildad y el servicio. Es el camino que conduce a la gloria que no se acaba, no como la gloria de este mundo, efímera y superficial.
Aprovechando el saludo y felicitación pascual, quiero compartirles una buena noticia para nuestra Iglesia que camina en el Azuay. El próximo sábado, 4 de mayo, teniendo como marco la visita de la imagen peregrina de la Virgen de El Cisne, celebraremos, con profundo júbilo y gratitud, los 250 años de creación de nuestra Diócesis de Cuenca, segunda jurisdicción eclesiástica en nuestro país. Según el Anuario Pontificio -documento oficial de la Santa Sede, que contiene información sobre la presencia de la Iglesia Católica en el mundo: el listado oficial de los papas, los obispos de la Iglesia y las jurisdicciones eclesiásticas con las respectivas fechas de creación, entre otros datos-, la Diócesis de Cuenca, en Ecuador, fue erigida en 1769, hace 250 años. Como miembros de la Iglesia y ciudadanos de Cuenca no podemos pasar por alto este gran acontecimiento eclesial, tenemos que dar gracias a Dios y comprometernos con mayor empeño en nuestro servicio a su pueblo. Así viviremos el auténtico espíritu de la Pascua que nos habla de un Dios vivo, cercano, servidor y lleno de misericordia.
Recordar estos 250 años de camino en la fe como Iglesia diocesana, es contemplar nuestra realidad con gratitud, confianza, sinceridad y compromiso. Gratitud porque el Señor nos ha bendecido con toda clase de bienes y frutos de santidad; confianza en Aquel que hace nuevas todas las cosas y nos protege con su amor; sinceridad al reconocer que no siempre hemos correspondido al amor de Dios, por eso nos encomendamos a su misericordia; y el compromiso de ser Iglesia en salida, dispuesta a ir a las periferias existenciales y hacer presente con palabras y obras el rostro misericordioso de Cristo.
El lema escogido para esta celebración: “Una Iglesia con rostro misericordioso”, nos recuerda la misión que Jesús nos ha confiado en la nueva evangelización. Somos una Iglesia que se siente discípula y misionera del amor de Dios. Iglesia misionera de la misericordia porque, como discípula, se deja atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó primero. Iglesia que crece por atracción, no por proselitismo, como Cristo atrae a todos a sí “con la fuerza de su amor”.
El logo de esta celebración jubilar no podía ser otro que la silueta de nuestra hermosa Catedral nueva, con sus celestes cúpulas y las torres inconclusas, que nos hablan de una Iglesia viva, peregrina, siempre en construcción, en misión permanente. En los perfiles de las cúpulas que presenta el logo, encontramos tres signos distintivos de la Iglesia cuencana: la Eucaristía, la Virgen María y el pueblo de Dios.
Celebremos con fe la Pascua del Señor y las fiestas de fundación de nuestra Iglesia cuencana. Animémonos todos, protegidos por María Inmaculada, a ser Iglesia en salida, familia acogedora con rostro de misericordia.


















































