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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

EL HERMANO MIGUEL Y LOS CATEQUISTAS

EL HERMANO MIGUEL Y LOS CATEQUISTAS

En febrero conmemoramos a San Miguel Febres Cordero Muñoz, nuestro santo cuencano, hombre de profunda fe y vasta cultura, uno de los mejores maestros que ha tenido nuestro país. Es recordado también como insigne catequista y formador de innumerables niños para recibir el sacramento de la Eucaristía. El 9 de febrero, miles de catequistas y devotos se reunieron en la catedral de la Inmaculada para celebrar su fiesta, acontecimiento que estuvo marcado por la presencia de las reliquias del Santo, que visitaron nuestra ciudad.
San Miguel hablaba de los principales misterios de nuestra fe católica profundamente convencido. Como catequista, instruía desde su experiencia con Cristo, no transmitía meras teorías sino la riqueza de su fe. Sus alumnos nunca olvidaron las enseñanzas del maestro, porque les hablaba con amor y paciencia. Muchos jóvenes quedaban conmovidos al escuchar sus palabras y terminaban confesándose, verdaderamente arrepentidos.
Su secreto era predicar a Jesús crucificado. El tema de nuestras catequesis debe ser siempre Jesucristo. Mal hacemos cuando nos predicamos a nosotros mismos y pretendemos ser el centro de nuestras comunidades. Cuando Jesús no está en el centro aparecen la vanidad, el orgullo, los resentimientos, los chismes y las rivalidades.
Sabemos que el Hermano Miguel no gozó de buena salud. De sus padecimientos sacaba fuerzas y alegría. Este testimonio despertaba en sus alumnos y compañeros profundo respeto y admiración. ¡Qué importante es el buen ejemplo! Es la mejor enseñanza. Preguntémonos, hermanos: ¿Cómo nos ven en nuestras comunidades? ¿Qué ejemplo damos como jóvenes entre los jóvenes, como miembros de familia, compañeros y amigos, como laicos, sacerdotes y religiosos?
El Hermano Miguel acogía a todos con gran sencillez y cordialidad, visitaba a los pobres y necesitados, aconsejaba a los niños y jóvenes. Era muy consciente de que “quien recibe a un niño en nombre de Jesús, a Él mismo lo recibe”. Se dedicó preferentemente a enseñar a los niños más pobres económica, cultural y espiritualmente, viendo en ellos el rostro del Cristo. No hacia distinciones sociales ni marginaba a nadie. Nunca descartó a sus alumnos. Todos necesitaban del amor de Dios, especialmente los más difíciles.
Nuestro Santo sacaba fuerzas de la oración para entregarse a los demás. No olvidemos, solo daremos buenos frutos si permanecemos unidos al Señor. Un catequista sin formación, sin oración y Eucaristía, jamás cumplirá bien su misión.
Como nuestro patrono, tenemos que poner todo nuestro corazón en preparar a los niños, “tabernáculos vivientes”, para la primera comunión y los demás sacramentos. Tenemos que prepáralos para que sepan enfrentarse al mundo de hoy y no se dejen devorar por los vicios que, como serpientes, quieren envenenarlos.
Recordando al Patrono de los catequistas, pensemos en los catequistas laicos de nuestra Arquidiócesis, que son más de seis mil. Agradezcámosles por el enorme trabajo misionero que realizan en el Azuay. Gracias a ustedes, hombres y mujeres de fe, se sigue propagado el Evangelio en las familias. Dios les pague y bendiga esta obra buena que desinteresadamente realizan. Solo los mueve la fe y el amor, como lo hizo el Hermano Miguel.

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