De los mandamientos enunciados en el decálogo, ¿Cuál es el más importante? Es la pregunta que le hace un letrado a Jesús (Cf Mc. 11,28-34). La respuesta del Maestro es novedosa, une el amor a Dios y el amor al prójimo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser y amarás al prójimo como a ti mismo”.
Si hoy hacemos la misma pregunta a nuestros niños, jóvenes o adultos ¿Qué respuestas encontramos? Tal vez no responderán con precisión. Parece que los contenidos y los métodos catequéticos necesitan más precisión y profundización. Una buena catequesis no depende solo de los materiales, sino también de las convicciones y del buen testimonio de quienes la imparten.
Al reflexionar sobre el Evangelio descubrimos que el amor es la esencia de la religión, que el amor verdadero llega a la entrega de la propia vida, como lo hizo Jesucristo. Lo más importante de nuestra fe cristiana no es un libro o un conjunto de normas morales que debemos imponer a los demás. Tampoco lo esencial es la veneración a una imagen religiosa, por muy bonita y antigua que ésta sea. Descubrimos también que el cristianismo es una religión positiva, religión del SÍ al hombre, a la vida, al amor, a la creación. Algunos dicen que es negativa porque claramente dice no al aborto, no al divorcio, no a la violencia, no a la mentira. Pero de hecho está diciendo sí al amor fiel, a la vida plena, a la dignidad de la persona. ¡Jamás puede ser negativa una religión basada en el amor!
Nuestra tarea como cristianos, en un mundo difícil y escaso de solidaridad, es defender y testimoniar el amor como lo hicieron los santos, que no profesaron una fe teórica. En el marco del Jubileo de la Misericordia, celebrado hace dos años, el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización emitió un documento sobre los “Santos de la Misericordia”, hombres y mujeres que hicieron de la misericordia su misión de vida. Estas figuras han sentido la urgencia de expresar en su vida la belleza de la misericordia divina. Ellos son los verdaderos rostros de la misericordia, de los que nos sentimos orgullosos. En esta lista encontramos gente de todos los continentes: San Juan Bosco, Santa Teresa de Lisieux, el Cura de Ars, San Vicente de Paúl, Santa Teresa de Calcuta, San Juan de Dios, San Martín de Porres, San Pedro Claver, entre otros. La lista no ha terminado. Hoy nosotros también podemos formar parte de este ejército de santidad, si decidimos asumir en nuestra vida el gran mandamiento del amor.


















































