La II Conferencia General del Episcopado de América Latina se celebró en Medellín entre agosto y septiembre de 1968. El objetivo fue poner en práctica en nuestro Continente la renovación propuesta por el Concilio Vaticano II y potenciar el compromiso evangelizador.
Esta Conferencia fue convocada e inaugurada por el Beato Pablo VI, siendo el primer Papa que visitó América Latina.
Los obispos analizaron el camino de la Iglesia en América Latina y la situación de nuestros pueblos, buscando mayor cercanía con el mundo de los pobres, compartir sus sufrimientos y ansias de liberación. La idea que recorre todo el documento de Medellín es la necesidad del desarrollo integral de la persona, se ve así la influencia de la encíclica Populorum Porgressio de Pablo VI. Se busca un verdadero desarrollo integral, “el paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones de vida más humanas” (Cf. PP.20-21).
La Asamblea Episcopal constató la situación del hombre latinoamericano, describiendo la miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo. Reseña la situación de: familia, juventud, mujer, campesinos, clase media, el éxodo de profesionales, los pequeños artesanos e industriales, para terminar, diciendo: “no podemos ignorar el fenómeno de esta casi universal frustración de legítimas aspiraciones que crea el clima de angustia colectiva que ya estamos viviendo”.
Hablando de la situación económica, Medellín denuncia por igual tanto al sistema liberal capitalista como al marxismo, afirmando que ambos sistemas atentan contra la dignidad de la persona humana.
En las conclusiones del documento, los obispos se comprometen a “defender, según el mandato evangélico, los derechos de los pobres y oprimidos, urgiendo a nuestros gobiernos y clases dirigentes a que eliminen todo cuanto destruya la paz social: injusticias, inercia, venalidad, insensibilidad y denunciar enérgicamente los abusos y las injustas consecuencias de las desigualdades excesivas entre ricos y pobres”.
Reflexionando sobre lo enunciado en Medellín, podemos afirmar que fueron dos los temas que los pastores profundizaron: la evangelización y los pobres, según el ejemplo de Jesucristo. Nuestro empeño, siguiendo al Maestro, debe ser también un compromiso concreto por los pobres, desde el Evangelio. Este compromiso es la más clara opción por Cristo y por su camino de misericordia que nos mostró con su propia vida.
Hoy también, como hace 50 años, estamos llamados a impulsar una evangelización liberadora, que significa buscar una conversión integral de la persona, evitando reduccionismos ideológicos. El hombre es libre cuando encuentra a Dios y es solidario con sus hermanos.


















































