El 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, en solemne celebración eucarística, hicimos público el decreto de erección de la iglesia del Carmen de la Asunción como nuevo Santuario Nacional, designación conferida por la Conferencia Episcopal Ecuatoriana.
El documento explica que los motivos para esta designación son, entre otros: Que la devoción a Nuestra Señora en la advocación de El Carmen ha trascendido las fronteras de la provincia del Azuay. Que cumple con las condiciones exigidas por el Código de Derecho Canónico.
La Conferencia Episcopal Ecuatoriana declara, por tanto, que el Santuario Mariano Arquidiocesano de El Carmen de la Asunción de Cuenca, de las Religiosas Carmelitas, sea elevado a la CATEGORÍA de SANTUARIO NACIONAL, donde se venera a la Bienaventurada Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de El Carmen.
Al final, el decreto pide que en el nuevo Santuario se fomenten con mayor intensidad los medios de la salvación, especialmente la celebración diaria de la Sagrada Eucaristía, la administración del sacramento de la Reconciliación, la predicación de la Palabra de Dios y el fortalecimiento de la vida litúrgica y de los actos de piedad popular.
Al anunciar esta buena noticia para nuestro pueblo católico, tan necesitado de signos de la presencia y cercanía de Dios, quiero pensar en la casita de Nazaret, el primer santuario mariano. Dos características podemos resaltar de este lugar: la acogida a la Palabra de Dios y la disposición para ponerla en práctica. La Virgen acoge desde el primer momento el mensaje del Ángel, que es el designio del amor de Dios sobre la humanidad, el gran mensaje de salvación, el cumplimiento de la promesa de redención. Esta Palabra salvadora es acogida en la mente, el corazón y en el vientre de la doncella de Nazaret. Después del anuncio, María acude presurosa a poner en práctica el mensaje recibido, sirviendo a una anciana enferma. Así la Virgen demuestra que ha entendido muy bien la misión recibida.
Estas son las características de la espiritualidad carmelitana: la contemplación y el compromiso con los demás. Deben ser también las nuestras, si nos comprometemos a ser verdaderos devotos de María. Acoger en el corazón la Palabra de Dios que escuchamos, con el propósito de hacerla vida en la relación con los demás, es la gran distintivo que debe iluminar nuestra vida de hijos de Dios y de María. Así lo expresamos cuando llevamos con fe el escapulario, signo de pertenencia a la Iglesia y a María.
Felicitamos a las Madres Carmelitas, y a todos los fieles, por su amor a María. Ustedes nos enseñan, con su humilde ejemplo, el camino más corto y seguro para llegar a Jesús: la devoción a María y el servicio alegre a los hermanos.


















































