Una de las cosas que más me impresiona de nuestra gente sencilla y humilde es su capacidad para relacionarse con Dios. El pueblo azuayo es profundamente piadoso, y esto lo demuestra cuando participa activamente en la Misa, en las fiestas populares, en las novenas y procesiones, especialmente en las grandes festividades del año litúrgico: Semana Santa, Corpus Christi, Navidad, celebraciones marianas y patronales.
Pero, así como muchos manifiestan la fe en forma colectiva, también lo hacen individualmente y en el seno familiar. Conmueve ver a los abuelitos rezando con piedad y enseñando a rezar a los nietos. Impresiona ver a los jóvenes en profunda adoración ante el Santísimo Sacramento, a hombres y mujeres postrados ante Dios, rezando el Rosario o cantando en una peregrinación, sin temor a la fatiga por las grandes distancias a recorrer o la inclemencia del clima.
El pueblo ha entendido que la oración es una relación personal, consciente y amorosa con Dios. Es un diálogo familiar con nuestro Padre o, como decía Santa Teresa, “un trato amistoso con quien sabemos que nos ama”. La oración, por tanto, es una relación vital entre dos personas. Es encuentro personal. Mutua presencia, intimidad gratuita y amistosa.
La oración es un regalo de Dios, no es acción meramente humana.
Es Dios quien nos mueve a orar, quien nos da la gracia de orar, iluminando nuestra mente por la fe y moviendo nuestro corazón por la caridad.
La oración es una actitud fundamental del creyente. El hijo necesita hablar con su Padre y escucharlo con atención. Para el no creyente la oración no tiene sentido, ya que sería un absurdo orar ante la nada. Para el que sabe que Dios es una persona real, que nos ve y escucha atentamente, la oración es el sustento y el alimento de la fe. En ella expresamos lo que creemos, cimentamos la verdadera esperanza y nos llenamos de amor a Dios y a los hermanos. La oración no es obligación ni penitencia, es necesidad para todo creyente que requiere alimentarse de Dios para servir mejor al prójimo.
Para que nuestra oración sea grata a Dios debemos hacerla como Jesús: con humildad, perseverancia y amando al prójimo. Sin amor es imposible la oración. Si el amor al hermano es sincero y creciente, es la más clara señal de que nuestra oración es verdadera. Si no amamos a los demás nuestra oración es falsa, se convierte en un conjunto de palabras vacías, sin compromiso. Sería la oración del fariseo.


















































