El Concilio Vaticano II destaca la importancia de la evangelización y de la catequesis en la misión sacerdotal: “Los presbíteros como cooperadores de los obispos, tienen la obligación principal el anunciar a todos el Evangelio de Cristo (cfr. 2Cor. 11,7) para constituir e incrementar el Pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: ‘Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura’ (Mc 16, 15)” (P O, 4).
De acuerdo con la importancia que el Concilio Vaticano II atribuye a la evangelización, ésta debe ocupar un lugar preferencial entre las obligaciones del sacerdote. En nuestras parroquias, el párroco no puede impartir las catequesis personalmente, pero cuenta con catequistas bien formados para cumplir esta misión. Pero es aconsejable que él mismo imparta la catequesis a algún grupo o los visite con frecuencia. Así se dará cuenta de las necesidades y dificultades que la catequesis conlleva para sus feligreses, y podrá orientar mejor a sus catequistas, que son los colaboradores del párroco en “su obligación principal” (PO, 4) de evangelizar el Pueblo de Dios. Por eso es indispensable:
Escoger cuidadosamente a los catequistas. No basta la buena voluntad ni el entusiasmo. Se requiere que el catequista tenga madurez personal, suficiente formación, la capacidad de enseñar y una sólida fe que debe manifestarse en su vida: en el cumplimiento de los mandatos del Señor y de la Iglesia, en una fervorosa vida sacramental y en la práctica de la misericordia. La fe no se enseña como una materia escolar, sino que se transmite por el testimonio y cuando el catequista habla “de la abundancia del corazón” (Mt 12, 34).
Formar permanentemente a los catequistas. No es suficiente que se los mande a los diversos cursillos que se ofrecen en nuestras Vicarías. El párroco debe preparar con sus catequistas, cada semana, la lección correspondiente. Nuestro catecismo es muy rico en contenidos, presenta las verdades de la fe con cierta amplitud y profundidad. Esto permite que se adapte la enseñanza catequética al ambiente concreto de cada parroquia. Ciertamente, la organización de la catequesis parroquial y la permanente formación de los catequistas exigen al párroco tiempo y esfuerzos. Pero aquí se trata de una “obligación principal”, como nos indica el Concilio Vaticano II.
Si hoy lamentamos que muchos bautizados hayan abandonado la fe, es quizá porque recibieron una catequesis deficiente. Hagamos todo lo posible para trasmitir a las nuevas generaciones, como a sus padres, las verdades de nuestra fe en forma ordenada y completa. La catequesis bien llevada es un aporte esencial a la misión permanente.
Demos gracias al Señor por la presencia eficaz de nuestros catequistas y renovemos nuestro compromiso de brindarles una esmerada preparación, capaz de poner a disposición de la inteligencia y del corazón la Palabra de Aquel que dio su vida por nosotros, que les permita la transmisión íntegra de la fe a nuestros niños, jóvenes y padres de familia. “La mayor obra de caridad es enseñar el Evangelio a los que no lo conocen” (San Arnoldo Janssen).


















































