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Mensaje Pastoral de Monseñor Marcos Pérez, Arzobispo de Cuenca

EL PASTOR Y SU PUEBLO

EL PASTOR Y SU PUEBLO

“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, escapa abandonando las ovejas, y el lobo las arrebata y dispersa. Como es asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen pastor: conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y doy la vida por las ovejas” (Jn 10,11-15).
El Papa Francisco nos recuerda que “los laicos, son parte del Santo Pueblo fiel de Dios y, por lo tanto, los protagonistas de la Iglesia y del mundo, a los que los pastores estamos llamados a servir y no a servirse de ellos”. Son el pueblo al que como pastores estamos continuamente invitados a mirar, proteger, acompañar, sostener y servir.
“Un pastor no se concibe sin el rebaño. El pastor es pastor de un pueblo, y al pueblo se lo sirve desde dentro. Muchas veces se va adelante marcando el camino, otras detrás para que ninguno quede rezagado, y no pocas veces se está en el medio para sentir bien el palpitar de la gente”. Los sacerdotes, como padres y hermanos, tenemos que sentir el palpitar del corazón de nuestra gente, sus necesidades, preocupaciones y anhelos. El pueblo santo de Dios nos acompaña con la oración, el trabajo y el afecto sincero.
Hablando a los Obispos de América, el Pontífice manifiesta que una de las deformaciones más fuertes en nuestro pueblo es el clericalismo que lleva a la funcionalización del laicado, tratándolo como "mandaderos", coartando las distintas iniciativas, esfuerzos para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político. Nos hemos contentado con la participación de los laicos en la vida litúrgica y catequética de la Iglesia. Esto es muy bueno. Pero a veces olvidamos que su misión está sobre todo en el mundo. Aquí deben anunciar el Evangelio de la vida, la buena noticia de la honestidad y el respeto, la santidad de la familia y el ejercicio de la política como servicio generoso y desinteresado a la comunidad. No es mejor y más comprometido el laico que se reviste de traje clerical, sino aquel que santifica su vida y vive a plenitud su vocación bautismal con alegría y entrega generosa: anunciando el Evangelio en el mundo, trabajando con responsabilidad, aprovechando el tiempo y cumpliendo sus obligaciones familiares y sociales.

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