El Evangelio es el canto de la misericordia de Dios y una llamada apremiante a vivirla en nuestra relación con los demás. El Señor siempre se identifica con los que sufren, por eso dice: “Estuve en la cárcel… y viniste a verme…” (Mt 25). Ama con predilección a los más pobres, a los que sufren, por ser los más vulnerables, y se identifica con ellos.
Si reconocemos que somos pecadores, amados por Dios, el encuentro con Jesucristo vivo nos impulsa a anunciar a los demás la misericordia, la liberación y la esperanza. Esta es la misión de los miembros de la Pastoral Carcelaria en la Arquidiócesis de Cuenca, quienes salen al encuentro de las personas privadas de libertad y de sus familiares. Es una tarea que deberá incluir a todos los que trabajan y colaboran en los centros de reclusión.
En Cuenca hemos iniciado este apostolado con la ayuda de sacerdotes y laicos, que con mucha generosidad han comprendido que esta es una obra de misericordia que no puede faltar en nuestro compromiso cristiano. Queremos descubrir el rostro de Cristo en los hermanos que sufren y están aislados de la familia, con los que anhelan nuestra visita y buscan signos de esperanza para lograr una verdadera reinserción social.
Con gestos, con palabras y con el corazón debemos recordarles que el Señor está cercano, que está dentro de sus cárceles. “Jesús es hoy también un encarcelado, prisionero de nuestros egoísmos, de nuestros sistemas, de muchas injusticias. Él está allí, llora con ellos, trabaja con ellos y espera con ellos. Su amor llega para todos” (Papa Francisco).
Después de haber iniciado la pastoral de la salud en las clínicas y hospitales, con la gracia de Dios damos un siguiente paso al comenzar formalmente el trabajo en el Centro de Reclusión de Cuenca, uno de los más grandes del país. Miles de hermanos esperan aquí a Jesús, el amigo que no los abandona.
El sacerdote responsable, Padre Gustavo Ortiz, y un grupo de presbíteros y misioneros laicos, cuentan con la generosidad de otros hermanos para hacer realidad un trabajo de pastoral penitenciaria integral, atendiendo las necesidades espirituales, corporales, psicológicas, familiares y jurídicas de tantos hombres y mujeres que sufren y solo confían en la misericordia divina.
Con la obra de una Iglesia en salida, que no se queda en el encierro, que busca al hermano necesitado y vive su carácter misionero, queremos anunciar que el Señor está presente en todo lugar. La Iglesia necesita una fuerte conmoción, que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y la tibieza, al margen de los sufrimientos de los pobres (Cfr. Ap. 362).
La misericordia no tiene límites. Donde está el hombre desamparado, la mujer maltratada, el niño desprotegido, el anciano enfermo y olvidado, allí está el Señor. Jesús mira a todos con amor y nos ofrece el abrazo del perdón.


















































