Algunos acontecimientos importantes recordamos los católicos en este mes: la fiesta de San José Obrero, el mes de María, las fiestas jubilares de nuestra Catedral, de la Arquidiócesis de Cuenca, de la coronación de María Inmaculada y el recuerdo del IV Congreso Eucarístico Nacional, celebrado hace cincuenta años en nuestra ciudad. Son motivos para dar gracias a Dios y manifestar nuestra fe con profunda alegría.
La paternal figura de San José Obrero nos lleva a contemplar a Jesús, Dios hecho hombre, trabajando entre los hombres, compartiendo nuestra condición humana. En Nazaret lo conocían como el “hijo del carpintero”.
Decía un santo sacerdote que el ejemplo de Jesús y de José, nos enseña a santificarnos a través del trabajo. El trabajo es un don de Dios. No tiene sentido dividir a los hombres según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo honesto es ocasión para desarrollar la personalidad. Es vínculo de unión con los demás, fuente de recursos para sostener a la familia.
El Papa Francisco nos recuerda que “el trabajo nos da una dignidad especial. Pero tantos son aquellos que quieren trabajar y no pueden. Esto es un peso para nuestra conciencia cuando la sociedad está organizada de tal modo, que no todos tienen la posibilidad de trabajar…”.
En Nazaret, junto a Jesús y a José, estaba María, la madre buena, la mujer trabajadora. En mayo la recordaremos de manera especial. Demostrémosle nuestro amor con el rezo del santo Rosario y con nuestras plegarias marianas, con cantos y peregrinaciones. Pero, sobre todo, imitando sus virtudes, las del hogar: el trabajo, la responsabilidad, la piedad, le respeto mutuo, el servicio alegre, la aceptación de los demás y la ternura, virtud que tanto falta en nuestras familias.
Las fiestas jubilares de la Catedral nos recuerdan que el motivo de nuestra alegría es la presencia de Dios en nuestras vidas. En medio de las vicisitudes de cada día está el Señor, que cambia nuestra tristeza en alegría, que nos libera de nuestros pecados y nos impulsa a compartir con los demás el gozo de ser sus hijos.
Nuestra bella Catedral metropolitana, que celebra en este mes los cincuenta años de su consagración, es símbolo de nuestra fe católica, signo de la presencia real del Señor, que ha querido acampar en medio de su pueblo. Es también testimonio de la destreza e ingenio de nuestros artesanos y profesionales, testimonio de amor y generosidad del pueblo cuencano, que ha querido dedicar a Dios este magnífico templo, joya de la arquitectura ecuatoriana y motivo de orgullo para los cuencanos. No se equivocó Mons. Miguel León cuando dijo que quería construir una Catedral tan grande como la fe del pueblo cuencano. Hoy ese sueño es una realidad, y la presencia de tanta gente en las celebraciones eucarísticas dominicales corrobora la afirmación de aquel gran Obispo.
Vivamos este mes con la protección de María Inmaculada, Patrona de la Arquidiócesis de Cuenca, que ella nos guie al encuentro con Cristo, para que nuestro trabajo bien realizado, como lo hacía san José, sea una oración que se eleva todos los días al Creador.


















































