Durante la Semana Santa muchos personajes aparecen junto a Jesús en la vía dolorosa: su Madre, los apóstoles, especialmente Pedro y Judas, la Magdalena y las santas mujeres, los sumos sacerdotes judíos, Pilato, entre otros.
Hoy, día de la Resurrección, me quiero referir a la Madre de Jesús y a la Magdalena: las Marías de la Pascua.
En el camino de la cruz aparece la Virgen como la madre fiel, la mujer intrépida que se unió totalmente a los dolores de Cristo, compartiendo su misión. San Juan la presenta al pie de la cruz, valiente y decidida, con los dolores propios de una madre, pero llena de esperanza, confiando plenamente en Aquel que la escogió para ser la Madre del Redentor.
María de Nazaret nos recuerda a tantas mujeres que luchan por salvar a sus hijos. Solas, muchas veces humilladas y abandonadas, salen adelante con su familia. No temen al dolor ni a las incomprensiones. Son capaces de dar la vida por los suyos. Son las madres de hoy, las mujeres valientes que dicen sí a la vida, sí a la familia, sí a Dios. Responden como María porque conocen el verdadero amor, que es entrega y sacrificio, vida y esperanza.
María Magdalena tiene la dicha de ser la primera en ver a Cristo resucitado. Contempla vivo a su Señor y anuncia la Buena Noticia a los desconsolados discípulos. Fue al sepulcro, buscando el cadáver de Jesús, y lo encontró vacío. ¡Había resucitado!
La experiencia con Cristo vivo no solo cambió su vida, transformó también la vida de la naciente Iglesia, representada en el pequeño grupo de discípulos. Jesús hizo nuevas todas las cosas, renació la esperanza y brilló la luz de la verdad.
Hoy necesitamos vivir la experiencia de la Magdalena. El encuentro con Jesús debe transformar nuestros corazones débiles y vacilantes en tabernáculos del amor de Dios, de la verdad que libera y de la esperanza que no se acaba. Nuestro testimonio de fe comprometida tiene que iluminar nuestro mundo, invadido por las tinieblas de la mentira, la injusticia y la violencia. Nuestro pueblo espera buenas noticias, iniciativas de unidad y de paz, no propuestas de odio y división entre hermanos.
Que nuestra Madre, dolorosa junto a la cruz y alegre ante Cristo resucitado, nos acompañe en nuestra vida. Que nos fortalezca su protección maternal para perder el miedo y crecer en la esperanza, porque Dios está vivo y camina con su pueblo.


















































