Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y se fue a vivir a Cafarnaúm, en territorio de Zabulón y Neftalí. Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. Caminaba un día por la ribera del mar de Galilea y vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”. Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, y los llamó también. Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron. (Mt. 4, 12-23)
Después del Año Santo tenemos que vivir la misericordia cumpliendo una triple tarea: Hacer signos visibles de la cercanía de Dios; dirigir la mirada a Dios, Padre misericordioso y a los hermanos necesitados de misericordia; y volver al contenido esencial del Evangelio, para poner en el centro a Jesucristo, la Misericordia hecha carne.
Continúa abierta la puerta de la misericordia para acercarnos a la Confesión, porque Dios siempre perdona al pecador arrepentido. Acercarse al sacramento con el cual somos reconciliados con Dios equivale a tener experiencia directa de su misericordia: del encuentro con el Padre que siempre perdona al hijo que vuelve a casa, a la pecadora que con humildad reconoce sus faltas, al hombre débil que lucha contra sus vicios e implora la gracia del perdón.
La tarea es poner en el centro a Jesucristo. Él quiere iluminar y fortalecer nuestra vida eclesial y familiar. Si no hay la buena relación en casa, si entre los esposos ha desaparecido el amor que se demuestra con pequeños detalles de ternura y afecto, si los hijos no valoran el esfuerzo de los padres y solo se dedican a exigir que los atiendan, si en la familia no hay tiempo para el encuentro y el diálogo, quiere decir que falta algo o, más bien, alguien: falta Jesús. Nuestro propósito para este nuevo año tiene que estar necesariamente destinado a abrir las puertas del corazón para que entre el Señor. Dejemos que Él viva en el centro de nuestra familia.
El no solo es el centro de la historia de la humanidad, también es el centro de la historia de todo hombre, de cada familia. A Él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió a los que lo encontraron en el camino.
Que cada día surja de nuestros labios una invocación, una oración de abandono en sus manos providentes, una petición de perdón y el deseo de servir con alegría a los demás. Y para poner a Cristo en el centro no hay mejor camino que acudir a María, Madre de la Misericordia.


















































