En aquel tiempo, los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño y cuantos los oían, quedaban maravillados. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron a su campos, alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado. (Lc. 2, 16-20)
Así como en la familia hacemos buenos propósitos para el nuevo año, también en la Iglesia, la gran familia de los hijos de Dios, debemos hacerlos. Guiados por el Espíritu Santo, queremos formar una Iglesia misionera, servidora del pueblo. Iglesia en salida, en estado permanente de misión, para compartir con todos el gozo del Evangelio.
Para conseguir nuestro fin tenemos que mirar la realidad con objetividad. Con los ojos de Jesús, con misericordia. Así descubrimos en nuestra sociedad una cultura materialista y hedonista, mucha confusión religiosa, debido a la falta de formación en la fe, poco sentido de pertenencia a la Iglesia, indiferencia religiosa, religiosidad popular sin compromiso de fe, desintegración de la familia, relativismo, violencia, drogadicción, corrupción, etc.
Lamentamos la existencia de estos males, pero no podemos ser profetas de calamidades. Debemos hacer algo. La salida a esta crisis de fe y costumbres está en una profunda llamada a la conversión: En primer lugar, de los pastores y agentes de evangelización, de las familias y sus miembros, de las instituciones públicas y privadas, de todos. No apuntamos solo a un cambio de métodos o de palabras, sino de actitudes. Las dificultades que hoy se presentan son oportunidades para un mayor vigor apostólico y para proponer la belleza del amor misericordioso de Cristo.
La conversión a Dios consiste en descubrir su misericordia, su amor de Padre, paciente y misericordioso. Amor fiel hasta las últimas consecuencias, hasta darnos a su Hijo en la cruz. La conversión es siempre fruto del encuentro con el Padre, rico en misericordia (Cf. Dominum et vivificantem, VII,13). Signo de auténtica conversión es el amor: si nos acercamos a Dios tenemos que acercarnos también al prójimo. Quien recibe el perdón de Dios está llamado a compartirlo con generosidad.
¿Entonces, qué debemos hacer? Oración y penitencia, leer y meditar la Palabra de Dios, brindar espacios de formación en la fe en nuestras iglesias, revitalizar la liturgia, organizar la pastoral de la misericordia creando y fortaleciendo la Caritas parroquial, caminar con la Iglesia y sentir con la Iglesia. Somos parte de ella.


















































